miércoles, 13 de junio de 2012

El Chicago de Nuestra Carrie y del abuelo de Alba

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 14 de junio, 2012.

Teatro J.H. McVickers de Chicago, reconstruido en 1884 por Adler & Sullivan.    
Teatro y Literatura se llama la cátedra y las lecturas que dirige estos días el maestro José Luis Ibáñez en la UNAM en donde se revisan cinco obras literarias desde diferentes puntos de vista pero, en donde existe un factor común y ese es el teatro que es el disparador de la historia, ya sea una obra que sirve como espejo para vernos reflejados o, como decía Vargas Llosa, porque es «el mejor simulacro que existe en la vida, el que más se le parece a nosotros, pues está hecho de seres de carne y hueso que, por el tiempo que dura esa otra vida mientras transcurre en el escenario, viven de verdad aquello que hacen y dicen, y lo viven si tienen el talento y la destreza debidas, de una manera tal que nos fuerza a nosotros, los espectadores, a vivirlo con ellos, saliendo de nosotros mismos, para ser otros…»

El teatro, en cualquiera de sus manifestaciones resulta ser el gozne sobre el cual giran los personajes y la trama y es una de las claves de la acción que, en un momento dado, es el parteaguas de sus protagonistas. Por eso, la lectura de estas obras literarias son un buen ejercicio para que podamos considerar a sus protagonistas y nos pongamos en su lugar para traer el pasado a nuestro presente y conectarlo con nuestra historia personal, como sucedió con Sister Carrie (Nuestra Carrie en español, tal como está publicada en una magnífica versión por Alba Editores, S.A.), una novela de Theodore Dreiser (1871-1945), cuya escenografía es la ciudad de Chicago en el año 1900, cuando las olas del conocimiento científico y de la Naturaleza, llegaba hasta la orilla de la playa de esa sociedad en pleno desarrollo, de tal manera que el novelista tradujera esos fenómenos —científicos y naturales— y los incorporara, como buen periodista, a la vida de sus protagonistas.

La versión cinematográfica que tenemos —ahora en DVD— es una versión con Laurence Olivier (1907-1969) como Hurstwood y Jennifer Jones (1919-2009) como nuestra Carrie, filmada en 1952 como Carrie, dirigida por Wyler (1902-1981).

Después del incendio que acabó con la ciudad en 1873, —dicen que por culpa de la cola de la vaca de la Sra. O’Leary—, para 1900, veinte siete años después, se había convertido en una ciudad que mostraba su energía y empuje —como sabemos sucede ahora en Shangai o en Manila—, en donde la construcción de los rascacielos como les decían porque eran tan altos que rasgaban el mismo cielo, estaban en su apogeo, orgullosos los empresarios de Chicago de mostrar su poder, tal como se caracterizan los norteamericanos, al tiempo que florecían los comercios, las tiendas y las fábricas que alimentaban los deseos de sus habitantes para que se vistieran a la moda, manteniendo el ritmo de los Jones, o simplemente para protegerse del viento y el frío invernal que azota a esa ciudad.

Mientras vamos caminando —despacio— por el texto, la historia la puede uno ir conectando —cada quién, según le haya ido en la feria—, con nuestra historia, asociando los sentimientos y emociones de Carrie con la vida familiar, de tal manera que la narración, de pronto, toma un giro insospechado y creo que se refiere a la vida del abuelo Guillermo de Alba (1874-1935) cuando estaba en esa ciudad estudiando para recibir su título de ingeniero en 1899 un año antes que Carrie llegara a Chicago.

Por esa coincidencia, ahora nos imaginamos el paisaje urbano y las obras arquitectónicas que destacaban, producto de lo que después le llamaron «la escuela de arquitectura de Chicago», liderada por Adler y Louis Sullivan, mientras Frank Lloyd Wright también estudiaba en esa ciudad. El abuelo era un extranjero más, uno de esos inmigrantes que pululaban por las calles, azorado de ver el empuje, mimetizado por las obras y por el ambiente que seguro había en los cafés, los restaurantes y los bares o en el teatro, como el J.H. McVickers, donde fue invitada Carrie para ver Joe Jefferson (1829-1905) aquel día que fue clave para su historia y para que salieran de sí misma y fuesen como la que estaba en el escenario, como sucedió hace poco con Bruce Myers o mientras leemos la obra y tenemos el recuerdo vivo de una ciudad mientras vemos cómo una mujer juega al balancín y pasó de estar tirada en el suelo —en ese sube-y-baja como la estructura de la novela—, para subir hasta lo más alto, como lo hizo Carrie la actriz luminaria en las carteleras de Broadway en Nueva York, mientras que Hurtswood… mejor ni les cuento.