sábado, 30 de junio de 2012

Embaucadores en artes, inversiones y política

EL INFORMADOR, Tertúlia del sábado 29 de junio, 2012.

Damien Hirst con algunas de sus obras.
“La banalización de las artes y la literatura, el triunfo del periodismo amarillista y la frivolidad de la política son tres síntomas de un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea: la idea temeraria de convertir en bien supremo nuestra natural propensión a divertirnos”, fue lo que escribió Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo y con ese pronóstico no puedo menos que pensar en el tiempo que tardamos en descubrir si lo que estamos viendo o si los fondos donde vamos a invertir o si el político en turno son o no un fraude o una tomada de pelo.

En el arte dudamos de nuestro criterio, pero, en las inversiones fueron pocos los que dudaron de los beneficios que ofrecían, por ejemplo, los fondos Madoff y atraídos como las moscas por el espejito de la avaricia no pudieron saber a tiempo que este señor desaparecería, como mago, con más de $20 mil millones de dólares, sin importarle que sus inversionistas se quedaran encuerados en el callejón de la amargura y que a él ( y ahora a su hermano Peter) lo condenaran a 150 años de cárcel.

Igual pasa con los políticos que nos tardamos un trienio o sexenio en darnos cuenta de su falsedad, como los artistas que logran que sus obras sean consideradas como “arte”, como es el caso de Damien Hirst —ahora en la Tate Galery de Londres—, mientras Vargas Llosa lo acusa y dice que “no faltará quien recuerde que, a lo largo de la historia, no sólo el arte, sino la cultura ( y los políticos), ha estado hospedando en su seno a embaucadores de rauda figuración y que sólo con la discriminación del tiempo, retornan al anonimato del que nunca debieron salir.”

Los políticos nos pueden engañar una vez que llegan al poder, aparentando gobernar mientras hacen negocios y crece su fortuna personal. Vamos a ver lo que pasa entre el 2013 y el 2019, después las elecciones de mañana.

No todo el arte de nuestros días es un fraude. Ahí están los retratos de Lucian Freud —también en el Tate— y que son verdaderas obras de arte, nos gusten o no, pues parece que están bajo el lema Et in Arcadia ego, es decir, también en el paraíso estoy (la muerte).

La obra de Hirst como la cabeza de vaca en una vitrina con miles de moscas muertas que, como sus visitantes, han sido atraídos por el morbo, nos ha embaucado y mientras amasa una fortuna, como los políticos.

El mercado del arte es complicado, pero éste tiene a sus promotores que, enrevesados y tramposos le “dan a la persona y a la obra, baños delirantes de empaque y dignidad intelectual, estética y filosófica” y los artistas (inversionistas o políticos), conscientes del engaño, no pretenden simularlo, sino que le sacan todo el provecho que pueden.