La Lista o el drama de la perfección obsesiva

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 21 de junio, 2012.

La lista interminable de cosas por hacer que pueden pesar demasiado.
«El teatro no admite piedad, no hay en él lugar para el error o el desperdicio —dice Peter Brook en El espacio vacío—, y la entrega total de uno a otro personaje (no nos cabe la menor duda), es una tarea sobrehumana» y si a esto le agregamos que lo perfecto es enemigo de lo bueno y lo condimentamos con una buena dosis de trastorno obsesivo compulsivo y, para darle más sabor al caldo, le agregamos dos cucharadas de culpa que, a veces, no nos deja movernos, entonces, tenemos frente a nosotros a una mujer que se va doblegando con el peso de su realidad y que, por momentos, es rebasada por esa maldita manía de hacer listas de todo lo que tiene y debe hacer, hasta que, en un momento dado, pesa más la lista que la realidad y, si está fatigada o con la guardia baja, todo se le puede hacer insoportable, incapacitada para hacer lo que tiene que hacer e impotente de disfrutar la vida con todo y sus tragedias.

El orgullo es otro elemento que hace que esa fuerza de la gravedad no la deje levantarse, sobre todo, si discriminamos a los que nos rodean porque no saben hacer las cosas como Dios manda o como ella cree que deben hacerlo. Por eso, no les hacemos caso porque nos dan pena, sin poder aceptar en algún momento que las buscamos porque estamos más solos que el semáforo y que, a veces, todo lo que necesitamos es compartir con quien sea cosas que no tengan nada que ver con la rutina de la casa.

La lista es de Jeniffer Tremblay, una joven canadiense que parece que vivió algo parecido a lo que nos cuenta en esta obra en donde la protagonista es una mujer perfeccionista y controladora que siente horror cuando hay algo fuera de lugar y que hace listas de todos sus deberes y haberes de su casa: lavar la loza, abrir el refrigerador, poner la carne en el congelador, cerrar la llave del agua cuando termine de bañarme, limpiar el piso de la cocina, etc., etc.; o sus deberes como madre: darle de mamar al niño, comprar pañales, cambiárselos, tirar la basura, peinar a los niños antes que se vayan a la escuela, preparar el café, apagar la cafetera, etc., etc.

 «Tener un hijo es lo más fácil para ser feliz», más o menos es lo que dice ella, refiriéndose a su amiga Caroline y lo repite cada vez que puede para asegurarse que está bien eso de tener una familia con tal de evitar el vacío en el que vive. Se ha mudado al campo y le tiene miedo: se asoma por la ventana y piensa que un día se atreverá a ir hasta el árbol que está allá, al final del jardín.

Tal vez sufre de agorafobia que, sumado al resto de miedos, hace que lo cotidiano le pese como plomo. Sólo cuenta con Carolina, su vecina —a la que critica por ser guarra y estar llena de hijos a los que se le salen los mocos y andan encuerados corriendo por toda esa casa en donde la canasta de la ropa sucia está a la mitad de la sala. Pero es la única persona con la que se puede relacionar con el mundo exterior.

Caroline muere en el último parto y nuestra protagonista siente que su propia existencia está en peligro y aflora la culpa de no haber hecho aquello que había anotado en su lista, una y otra vez, por un lado y por el otro por el pavor que le tiene a la soledad, al vacío y a la sin razón de la vida junto la pesadez de cargar y cumplir todo eso que anota.

La lista es un monólogo que está en cartelera los sábados en el Teatro de la Capilla de Coyoacán. Dirigida por Alaciel Molas con Mahalat Sánchez como protagonista, ha sido producida por Ximena Sánchez de la Cruz quien, además, ha tejido el abrigo que le da carácter a esa mujer que se debate con el perfeccionismo.