sábado, 14 de julio de 2012

Crónica de un drama (más o menos) anunciado

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 14 de julio, 2012.

Qué curioso que se refieren a los ‘actores políticos’ cuando mencionan a los profesionistas que han decidido hacer su carrera en ese ámbito. Digo que es curioso porque podemos confirmar que en verdad ‘todo el mundo es un teatro y todos los hombres y las mujeres simples actores que tienen sus entradas y salidas; en su tiempo, un hombre representa muchos papeles, cuyos actos don las siete edades…’, como proponía el Bardo en el siglo XVII y que sigue vigente en esta temporada en la que hemos estado expuestos a uno de esos actos y, por supuesto, al cierre de lo que podría haber sido el principio del fin en ‘El juego de la democracia’, obra a la que han asistido más de setenta millones de ciudadanos para escoger a ese gallo que debe ocupar Los Pinos o que debe actuar en San Lázaro o en el Senado del Paseo de la Reforma o en los palacios de los gobiernos estatales como en Guadalajara y otros municipios.

El drama continúa y vemos en escena la resistencia que ofrecen algunos actores para aceptar la derrota. Los que conocíamos la novela de García Márquez sabíamos que habría una escena como la ‘crónica anunciada’, en una versión a la que se han agregado otros actores, incluyendo, al actor principal todavía de Los Pinos para darle más de sabor al caldo.

El guión lo conocían bien los actores pero, rebeldes como lo imaginábamos que podría ser, se han puesto a improvisar aunque su disfraz no alcanza a esconder las verdaderas intenciones. En cualquier momento muestran su ira y, de esa manera, dejan que sus intenciones ocultas salgan a la luz del día. En otros momentos, como buen actor, habla de la república del amor como el colega de Venezuela cuando se trata de una falsa ilusión por parte del Mesías que asegura, desde hace años, que todos están en su contra y que los demás actores en escena —él es la excepción—, no son sino títeres que se mueven con los hilos que manejan los poderosos ‘desde arriba.’

Lo racional deja de escucharse y los argumentos son rebasados por el fanatismo que delimita la libertad y anula la posibilidad de conversar como nos enseñó Montaigne y poder escuchar lo que uno y otro diga y piense con toda libertad. El israelita Amos Oz explicaba “que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. Es esa tendencia para mejorar al vecino, para enmendar a la esposa, para que el niño sea ingeniero o para enderezar al hermano, eso es lo que pretende el fanatismo, en vez de dejarlos ser como ellos quieran.” El mesianismo, por su parte, intenta transformar la libertad democrática en un fanatismo a favor del caudillo, sin que nadie pueda oponerse nunca jamás.