Ensayo de orquesta

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 19 de julio, 2012.

Valentina Lisitsa, pianista.
Los músicos tocan ‘sin ton ni son’ fragmentos de las obras que interpretarán el fin de semana un programa compuesto por el Segundo concierto para piano en Sol mayor de Camille Saint-Saëns y la Música incidental para Egmont, opus 84 de Ludwig van Beethoven. José Areán es quien dirige la Orquesta Sinfónica de Minería este fin de semana y por lo pronto lo vemos caminar de un lado para el otro en el proscenio de la Sala Nezahualcóyotl, hasta que se hace a un lado y observa a los músicos de la orquesta en sus diferentes secciones mientras colocan el piano negro y brillante con la cola cerrada.

El oboe intenta una y otra vez, una melodía como solista en medio del caos. Los músicos visten ropa informal, ángeles de la música que siempre vemos de etiqueta y que, de pronto, bajan y pisan tierra como nosotros. Se hace el silencio y afinan sus instrumentos en tono de ‘la’ primero los vientos y luego las cuerdas. Poco antes había entrado la rubia, alta y elegante mujer que va directo al piano. Es Valentina Lisitsa (1973-), la solista ucraniana que viste pantalones blancos y trae consigo una sonrisa amplia con la que saluda al director antes de sentarse y calentar los dedos con una o dos breves escalas.

Andante sostenuto. El director levanta la batuta y empieza el primer acorde del Segundo concierto de Saint-Saëns. El piano ofrece su melodía antes que la orquesta le responda —como si le diera una bienvenida majestuosa— dándole permiso para que les cuente su historia.

El oboe, por su parte, responde con ternura al piano —parece que son una pareja— y ella empieza a contarnos una trama a la que la orquesta le responde como si fuera un eco, como si repitiera la pregunta para confirmar lo que había dicho. El piano insiste y sube de tono la narración que se repite, por si no la habíamos escuchado antes, hasta que la orquesta que parecía que dudaba por momentos,  repite la anécdota ahora que el piano insiste hasta que cambia de tono. Ahora, es una historia cargada de cierta pesadumbre.

La orquesta la acompaña y ella vuelve a narrar su historia como si fuera una cascada, como si las ideas se resbalaran como se resbala la lluvia. Valentina insiste una y otra vez con el tema: sabemos que quiere hablar del amor. Antes de volver a tomar altura, gesticula hasta que vuela con esa intensidad como si estuviera enojada, como si lo que nos contara fuese la historia de un conflicto: ¿qué fue lo que hubo? No lo sé, pero lo siento y la orquesta la alcanza, le da por su lado y los dos siguen la historia acompañados de la mano.

Allegretto scherzando. Por como empieza el segundo movimiento parece que todo se ha arreglado y ahora toca jugar: el panorama se ha despejado. ¿Podré compararlo con un día de verano? No lo sé, pero ella propone un juego y ellos la siguen por dónde vaya: por el campo, con un sol que todo lo ilumina y hace un calor, que dan ganas de quitarse la camisa. La alegría rebasa las expectativas. Todo se ha olvidado. Ahora es la luz que ilumina —¿será la esperanza?— y ellos juegan, se tropiezan o bailan en lo que parece una fiesta gozosa. Es época de tirar cohetes.

Ha pasado el tiempo y la orquesta le recuerda a Valentina uno de sus temas y ella hace un esfuerzo por reconstruir el pasado. Las escalas suben y bajan y las manos de la pianista muestran esa alegría pues van de un lado para el otro y, con elegancia, desatiende el teclado.

Presto. Empieza con vigor. Es el último capítulo de la historia y lo hace como si trajera prisa y no quisieran detenerse a pensar; vemos correr el agua del río que brinca y se convierte en espuma antes de seguir su cauce en rodeos hasta llegar a su destino. Están de buen humor. Se han entendido y Valentina no duda ni un instante en recordar viejos pasajes de su historia aunque sea en cascada como borbotones —deseos, ideas desbocados— y la orquesta, contagiada, enfatiza cada momento. Valentina les lleva la delantera y en este flujo y reflujo musical se prepara el gran final: son las flautas, las cuerdas y el piano los que anticipan —los recuerdos del porvenir— y la historia concluye despidiéndose esos dos viejos compañeros de viaje.