La escuela de la vida

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 21 de julio, 2012.

Roble y cuervos de Stephen Taylor, 2011.
Alain de Botton tiene en Londres La Escuela de la Vida (The School of Life) porque sabe que todos “en un momento dado, necesitamos un consejo, consuelo o dirección” y para eso ha creado ese espacio y una colección de libros que lo acompañan. Roman Krznaric es uno de sus asociados autor de Cómo encontrar un trabajo satisfactorio —que, para estas fechas en España, Grecia y Portugal podría haber sido útil simplemente titularlo “cómo encontrar un trabajo y punto”—, bueno, pues este autor dice que “no hay mayor tortura que la de trabajar en algo inútil y sin sentido”, a lo que le podemos agregar que hay algo peor si trabaja uno para “un jefe inepto.”

A propósito de esa tortura, Irina, la hermana menor de Las tres hermanas de Chéjov, lloraba un día diciendo: “nada de lo que he querido con afán, nada de lo que he soñado, nada de eso tiene que ver con el trabajo que tengo ahora. Es un trabajo sin poesía, sin esfuerzo mental… no sé por qué no me he muerto…”

En cambio, el viejo Confucio y sabio chino decía que aquel que “encuentra trabajo en lo que más le gusta, nunca tendrá que trabajar un día en su vida”, cambiando la tortura por lo placentero y quitándole el lastre a ese “trabajo”, cuando es inútil y sin sentido.

Alain de Botton escribió Cómo Proust puede cambiar tu vida (1997), El arte de viajar (2002) y La arquitectura de la felicidad (2006) y lo hace con un lenguaje coloquial al estilo de Jorge Ibargüengoitia en donde parece que están platicando y escriben con ingenio, uno con ese humor inglés que entra y sale de la ironía y le pisa los callos al humor negro y el otro, a la mexicana, pero los dos lo hacen con conocimiento de causa incluido el mundo de lo paradójico y absurdo.

También es de Botton las Miserias y esplendores del trabajo (Lumen, 2009), en donde describe diferentes tipos de chambas que nunca se nos habían ocurrido imaginar en donde él se clava para conocer y describir sus detalles, tomar nota y describir sus miserias a tal profundidad y delicadeza que movemos la cabeza de un lado para el otro, considerando a esos que trabajan alejados del placer y cerca de la tortura diaria.

Cuando leemos lo que hace Stephen Taylor, reconocemos que pertenece al “esplendor” del trabajo anunciado. Es un artista que, sin mayores pretensiones pinta un roble y luego el agua de un arroyo que pasa por su casa —“cate de mi corazón”—, confirmando que es uno de esos hombres que no ha tenido que ‘trabajar ni un día en su vida’, aunque pinte diez horas diarias al aire libre.

Botton recorre con un experto en “torres eléctricas” las que van desde Canterbury hasta Londres y cuando llega hace como nosotros: prendemos la lámpara sin sorprendernos cómo es que sucede.