miércoles, 29 de agosto de 2012

A Roma con amor y la dama de rojo


INFOSEL, Crónica cultural para el jueves 30 de agosto, 2012.

La princesa que quería vivir, con Audrey Hepburn y Gregory Peck (1953).
Cuando empieza la película con los créditos, nos animamos sólo de escuchar ¡Volare, oh, oh, oh, cantare, oh, oh, oh, oh, la canción ganadora del festival de San Remo (1958) que, desde entonces, es parte de nuestro repertorio y, tal parece, se ha convertido en un himno mundial que asociamos con Roma y esas mujeres bellas y estilosas que transitan en sus Vespas con un tráfico endemoniado —parecido al de la ciudad de México—, a mil por hora y casi siempre rodeando el Coliseo, tal como recordamos lo hacían Audrey Hepburn y Gregory Peck en La Princesa que quería vivir, (Roman Holiday).

Felice di stare lassù y volando, volando felice… pero tal parece que ahí se acaba la magia de la más reciente película de Woody Allen en donde repite, con más o menos los mismos trucos, más cargada hacía el absurdo que en otras versiones: historias en paralelo que suceden en Roma —supongo que también ha pagado la producción, como Vicky Cristina Barcelona (2008) o París a la media noche (2011) con todo y la actuación de Madame Sarkosy.

A Roma con amor (2012) nos pareció una fórmula que se ha gastado y nos dio la impresión que fue hecha muy rápido —antes de que Italia se declarara en quiebra— y con tal prisa para parece que descuidó algunos aspectos que ahora resultan barrocos, confusos y fuera de lugar o, a lo mejor, para la elaboración del guión Allen utilizó a un ghost writer pues algunas bromas son francamente malas.

Penso che un sogno cosa non ritorni maiDe pronto, una buena fantasía: se abre la puerta y entra, desenfadada, ofreciéndose de cuerpo entero sin costo alguno, Anna, la bella Penélope Cruz, la dama de rojo, guapa y simpática prostituta que resalta en medio de una pareja provinciana y conservadora con una historia increíble y una actuación perfecta que tanto disfrutamos.

Nel blu, dipinto di blu, felice di stare lassù… Varias historias adicionales: un nostálgico arquitecto que regresa a Roma y se convierte en un especie de fantasma; un enterrador italiano —ahora consuegro de Woody Allen— que canta Pagliacci de Leoncavallo —esa historia de ese esposo celoso y su mujer, ambos actores de la comedia del arte—, donde el gringo resiste su forzoso retiro y logra que se presente en la Scala de Milán cantando esa ópera desde una regadera portátil. Buena anécdota para ser contada pero, llevada a la realidad, resulta chusca, absurda, larga y carente de buen humor que casi siempre es bueno por breve.

Mentre il mondo pian piano spariva lontano laggiù… Tal vez éramos nosotros los que no estábamos de tan buen humor. Es posible, pues esto del cine es un viaje de ida y vuelta pero, en caso de que no estuviéramos de “humor”, sabemos que cuando es bueno, nos contagia y se nos aplaca el ceño fruncido para salir agradecidos, como tantas veces ha sucedido con Woody Allen.

Una musica dolce suonava soltanto per meUna característica de las obras de Allen es su música: conoce a los gigantes del jazz y tiene buen gusto para integrarlo a sus películas. Ahora, fuera del inicio estelar, nos deja vacíos, con fragmentos operísticos desde la regadera olvidándose de todas esas otras canciones como Volare! que fueron premios de San Remo y que llegaban a México para integrarse a nuestro repertorio como si fuesen parientes cercanos.

El absurdo es un criterio válido en una obra de arte, pero ahora no entretiene tanto, sobre todo, si está forzada. En fin, a todos nos puede pasar que, por repetirnos, se gasta el buen humor.