jueves, 23 de agosto de 2012

Buscar la belleza con sensualidad


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 25 de agosto, 2012.

Estancia de la casa en Cuernavaca m Mor., de Andrés Casillas de Alba.
Guadalajara es una ciudad que tiene buen prestigio en diferentes áreas. Una de ellas es la arquitectura y esos arquitectos que han diseñado y hecho obras con tal significado que logran inspirarnos moral y espiritualmente como si encontráramos en ellas una conexión entre lo visual y lo local, entre el talento y el ambiente de esta plácida ciudad.

El pasado miércoles se llevó a cabo en la ciudad de México el Simposio Detrás del libro en donde vino de Guadalajara el arquitecto Juan Palomar para hablar de uno de los libros de la colección Monografías de arquitectos del siglo XX editada por Arabella González Huezo y la Secretaría de la Cultura de Jalisco en el 2006, una colección que trata sobre la vida y las obras de varios arquitectos, entre ellos, la del arquitecto Andrés Casillas de Alba, Premio Jalisco de Arquitectura 1996, un solitario que desdeña modas y convenciones —como dijo Palomar—, cuya obra implica una poética depurada y restringida, que trata de hacer del futuro usuario un cómplice de su misma estética que luego se expresa en los detalles que hacen que sus obras sean deliciosamente habitables.

Afortunado por habitar en una de ellas en Tlalpan, al sur de la ciudad de México, tengo algo que decir y que tiene que ver con eso que decía Alain de Botton, pues es una obra que da fe de una felicidad en donde la arquitectura contribuye en particular y hace visible lo que deseamos ser, así como, disfrutamos de esa belleza carente de espectacularidad, frágil pero que todos los días nos conmueven.

Andrés Casillas de Alba convierte un espacio en algo que se antoja habitar y que, por una parte, es un magnífico refugio —como sugería John Ruskin— y a la vez, nos habla de lo que consideramos importante y que en realidad es una expresión de nuestros deseos de ser y estar en este mundo.

Mi pasión por la arquitectura nació de manera espontánea. Desde siempre estaba haciendo dibujos de casas, proyectos y perspectivas… Otro antecedente de mi oficio fue la visión que tuve de la casa de Luis Barragán desde que tenía ocho años y acompañaba a mi mamá que era su amiga desde la infancia. Había una magia poderosa en esos rincones, en esos patios, en las fuentes… y todo aquello  quedó grabado, con pureza y nitidez, como en una tabla rasa… esa arquitectura era como una corriente subterránea que me atraía poderosamente… —tal como le confesó el arquitecto y quedó publicado en esa monografía.

En sus obras existe esa parte de irracionalidad que tiene que ver más con el campesino, con el pescador que hace su palapa. Algo que tiene que ver, sobre todo, con la búsqueda de la belleza, con la sensualidad y con el olfato. Tal vez por eso, los que habitamos una de sus obras, encontramos una expresión material de lo que es tener una buena vida.