De ensueños y pasiones

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 9 de agosto, 2012.

Harriet Smithson, actriz y musa de Berlioz.
La música por sí misma transmite todo un mundo de emociones sin que haga falta alguna explicación adicional pero, en el caso de la Sinfonía Fantástica opus 14 de Héctor Berlioz (1803-1869), tal vez la podríamos disfrutar más cuando la escuchemos este fin de semana con la Orquesta Sinfónica de Minería y la batuta de Carlos Miguel Prieto en la Sala Netzahualcóyotl si conocemos algo de esas pasiones y ensueños que la actriz Harriet Smithson le provocó al compositor, tal como lo cuenta en sus Memorias.

Cuenta Berlioz que cuando compuso esta Sinfonía todavía estaba bajo el influjo de su Fausto que recién había terminado y que la poesía dramática de Goethe todavía le rezumbaba en los oídos. Ahora su Sinfonía empieza con Ensueños y pasiones antes de Un baile hasta llegar al Adagio o las Escenas campestres que tanto trabajo le dio para componerlas en las que trabajó varias semanas y que luego supo que es una de las partes que más le gusta al público —y a él también— pero que, en ocasiones, quería darse por vencido sin esperanza alguna. Otras partes las compuso sin esfuerzo alguno, como El sueño de una noche de brujas que pudo terminar en una sola noche.

Pero la columna vertebral de esta obra está conectada con Harriet Smithson (1800-1854) una actriz inglesa-irlandesa a la que conoció cuando vino a París en 1827 con su compañía de teatro para representar algunas obras del repertorio de Shakespeare en donde interpretó, entre otros, el papel de Julieta. Dice su biógrafo —aunque él lo niega— que la noche que salió del teatro gritaba de emoción: “¡me caso con esa mujer y le voy a componer una obra!”, cosa que hizo, aunque niega haber gritado eso a la salida del teatro.

Las obras de teatro que presentó Harriet durante esa temporada fueron aclamadas por los escritores de la nueva escuela de letras y tanto Víctor Hugo, Alejandro Dumas como Alfredo de Vigny habían descubierto a Shakespeare y sus opiniones sobrepasaron la actuación de la Smithson, pues ninguna actriz en Francia había emocionado tanto a su público como esta mujer a la que la prensa le dedicó grandes elogios. Desde ese día, Berlioz se obsesionó por ella confundiendo la gimnasia de la inglesa, con la magnesia de Julieta y luego con la de Ofelia.

Inspirado en esta musa le dedica las escenas campestres de su Sinfonía Fantástica que podemos escuchar como una delicada propuesta amorosa aunque al final le injerta un leit motiv a toda la obra en donde habla de su amor con esa melodía campirana que las cuerdas y la orquesta nos recuerdan de manera sutil, dubitativa o insistente, para que poco a poco se vaya trepando su obsesión hasta la desesperación, como la que tenía cuando regresó de Roma para interpretar por primera vez su Sinfonía en París (1830) sabiendo que ella había regresado de Inglaterra —ahora en una cierta decadencia—, para ser la invitada especial al estreno, rodeada de flores y un Berlioz enloquecido que dirigió esta obra, exigiéndole a la orquesta el máximo en cada una de las partes que mucho tenía que ver con su desolación. Harriet se dio cuenta que eso que escuchaba no era sino una alegoría de las tantas cartas que le mandó el músico antes de amenazarla con matarse —mascando una bola de opio— si no se casaba con él. El matrimonio fue un fracaso pero la Sinfonía Fantástica está viva hasta ahora en nuestros días.

“La gente común y corriente no tiene una idea de lo maravilloso que es vivir intensamente: el corazón nos crece, la imaginación vuela por el espacio y la vida, inexplicablemente, se acelera y uno pierde la conciencia de las limitaciones corporales” —decía Berlioz quien  no entendió que el amor perfecto, ese que le llamamos “amor platónico” es el que nunca es correspondido pues, en el momento en que lo es, inicia su decadencia y caída.