La arquitectura de la felicidad

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 16 de agosto del 2012.
Casa en Tecamac, Hdgo., diseño del arq. Andrés Casillas de Alba.    
Con el libro de Alain de Botton La arquitectura de la felicidad (Lumen, 2008), hemos descubierto de una manera práctica lo que está alrededor de las obras arquitectónicas de tal manera que, a partir de su lectura, podemos verlas y disfrutarlas desde diferentes puntos de vista: como una expresión de nuestros ideales o como una expresión del orden, el equilibrio, la elegancia o la coherencia con el medio o como espejo para reconocernos mejor a nosotros mismos y a los que nos rodean.

Cuando tenemos el privilegio de estar frente a la belleza de una obra arquitectónica nos enfrentamos a un sentimiento encontrado pues nos produce una mezcla de dicha y melancolía: dicha por la perfección que percibimos y melancolía por la consciencia de que pocas veces nos es dado contemplar algo tan gozoso, pues ver una obra como esas —pienso en una casa como la de Tecamac o La Alhambra— nos deja sin respiración recordándonos cómo desearíamos que fuesen las cosas y, al mismo tiempo, lo incompleta que es nuestra vida.

De alguna manera la belleza de la arquitectura nos puede llegar hasta el fondo de nuestra alma como recuerdo haber estado al lado de una persona que se soltó llorando al dar la vuelta y ver de golpe y porrazo la Plaza de San Marcos en Venecia. A lo mejor, como dice Alain de Botton, se debía al conocimientos de los pesares, como uno de los prerrequisitos más inusuales para apreciar un espacio determinado pues muchas veces, es el diálogo con el dolor, el que nos hace apreciar la cosas que nos rodean.

Aunque a una casa le falten soluciones para muchos de los males de sus habitantes, estos, sin embargo, dan fe de una felicidad en donde la arquitectura tiene una contribución en particular —dice de Botton, antes de que nos vaya abriendo los ojos del entendimiento para que veamos nuestra casa y nuestro entorno y podamos respirar hondo al saber que hemos entendido algunas de las características de la arquitectura, así como sus limitaciones pues, si es verdad que un edificio con encanto puede, en ocasiones, contribuir a mejorar nuestro ánimo y, a veces, el más agradable de ellos es incapaz de quitarnos la tristeza que traigamos.

 La arquitectura pide que nos imaginemos que la felicidad a menudo tiene un carácter poco heroico u ostentoso, como esa que podemos encontrar viendo un piso hecho de viejos tablones de madera o el haz de luz matutino que se refleja sobre una pared encalada, dos escenas de belleza carentes de espectacularidad, frágiles, pero que nos conmueven porque somos conscientes del oscuro telón de fondo frente al que se desarrollan.

Nos explica cómo es que los edificios hablan y cómo podemos gozarlos si entendemos lo que dicen para que, de esa manera, podamos llegar a sentir la belleza en el momento en que hayamos encontrado la expresión material de algunas de nuestras ideas acerca de lo que es tener una buena vida.

 Stendhal nos ofrece la expresión más clara de la concordancia íntima entre el placer visual y nuestros valores cuando dice que la belleza es la promesa de felicidad… y, si la búsqueda de la felicidad es lo principal en nuestra vida, parece natural que sea el tema esencial al que alude la belleza y más adelante nos aclara —¡qué descanso!—, que hay tantos estilos de belleza como visiones de la felicidad.

Por eso si les preguntamos en qué casa viven, bien podemos saber quién eres, como una paráfrasis que Botton podía haber utilizado en su libro, pues nos asegura que ellas son una expresión de nuestros deseos para declararle al mundo lo que somos mediante un instrumento distinto a las palabras, mediante un lenguaje como el de los objetos, los colores, los ladrillos… como si fuera nuestro anhelo por mostrar a los demás quiénes somos y, al mismo tiempo, que nos lo recuerde.

Un libro gozoso en su contenido y en la manera de observar y explicar lo que es una obra de arte y lo que nos puede decir.