lunes, 27 de agosto de 2012

La huella inolvidable


Neil Armstrong pisando la Luna, 1969.
El 20 de julio de 1969, hace cuarenta y tres años, nos invitó el poeta y cineasta Jomí García Ascot a su casa en Polanco para ver la llegada del hombre a la Luna, la noticia más deslumbrante del año y una demostración fehaciente de aquello que decía Hamlet cuando decía (o tal vez, se burlaba en medio de la podredumbre que había en Dinamarca):

¡Qué obra de arte es el hombre! 
¡Cuán noble por su razón!
¡Cuán infinito en facultades!
En su forma y movimientos, ¡cuán expresivo y maravilloso!
En sus acciones, ¡qué parecido a un ángel!
En su inteligencia, ¡qué semejante a un dios!
Belleza del mundo, parangón del reino animal!

Las expectativas, las dudas y una de las grandes proezas del hombre pasando en vivo y en directo en la pantalla chica y a las altas horas de la noche. Los niños, como lo eran, no pudieron aguantar la desvelada y por ahí se quedaron hechos bola, con el “run, run” o más el bien el “roger” que se escuchaba desde la nave en la TV, una vez que establecieron contacto con los astronautas.

No recuerdo haber salido para ver la Luna, como tampoco me acuerdo si estaba visible, pero en nuestra imaginación veíamos a estos hombres hechos bola también, acercándose a la superficie arenosa del satélite, mientras que la araña espacial tocaba con sus patas abiertas la superficie virgen hasta ese día y al rato, ver cómo descendía el hombre en la persona de Neil Armstrong (1930-2012) —mismo que, como ya saben, falleció la semana pasada—, y todos con la boca abierta viendo cómo salía éste que era el comandante de la nave espacial del Apolo 11, que viajó acompañado de Michael Collins y Edwin E. Aldrin, uno de ellos con la cámara en la mano, para grabar cuando diera sus primero pasos, brincando como lo hacíamos en el Kinder, sabiendo que la fuerza de gravedad era menor que la que experimentamos en la madre Tierra.

Ahí está esa foto, ahí la huella que dejó este hombre en la Luna y que todavía lo recordamos, una huella que hablaba, como Cristóbal Colón lo hizo en su tiempo, de haber podido conquistar lo desconocido, de tocar territorios que nunca antes se había tocado y de llegar, por arte de la ciencia y la tecnología a este satélite que desde siempre ha sido la inspiración de tantos poetas.

Es la reina de la noche, esa por la que no debemos jurar, pues es inconstante y cambia cada mes en su órbita redonda y si lo hacemos, no vaya a ser que ese amor sea como ella y se vuelva caprichoso. La Luna de García Lorca o de Amado Nervo o de Chopin, pero la Luna siempre como nuestra compañera del insomnio, y de los amores imposibles.