jueves, 6 de septiembre de 2012

Claro espejo el del Tío Vania de Chejov

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 6 de septiembre, 2012.

Arturo Ríos como Tío Vania en la obra dirigida por David Olguín, UNAM.
Tanto he cacareado —ahora que está de moda por la carencia— que el teatro es el mejor simulacro de la vida y que nos puede servir como espejo que con el estreno del Tío Vania de Chejov, dirigida por David Olguín, puesta en el teatro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural de la UNAM, me ha servido para demostrar si en la trama o en los personajes nos vemos reflejados a ver “si como ronco, duermo.”


Desde la primera escena puede checar cómo es que funciona este espejo, después de escuchar al doctor Astrov cuando le pregunta a Marina, la vieja nodriza de la casa: Nana, ¿hace cuánto tiempo que nos conocemos?, sólo para darnos cuenta que es lo mismo que nos pasa a los viejos cuando hemos perdido la noción del tiempo, pues cada vez que viene a colación en una plática y alguien nos pregunta algo parecido, nos damos cuenta que “eso” que sucedió lo medimos en décadas, tal como le contesta la nodriza diciéndole: creo que hace diez u once años, como nos pasa a nosotros.

Al rancho o la finca del campo ha llegado el viejo Alexander que se cree ser el dueño pero que, en realidad, es la herencia de su primera esposa, quien es la madre de Sofía, para su hija, independientemente que el profesor viudo desde hace una década, se volvió a casar con Helena, ahora una joven de 27 años, como debió de haber sido pero no lo fue en esta puesta en escena.

Cuando llega Helena —como la de Troya—, es objeto del deseo, tanto Iván Petrovich (el tío de Sofía, más conocido como el tío Vania, pues es el hermano de su madre que descansa en paz), como el doctor Astrov. Los dos se han quedado lampareados como los conejos, babeando y deseando todo el tiempo a esa “bella” mujer casada con el viejo profesor, ahora retirado y quejumbroso que padece de todo tipo de enfermedades. Por eso, afloran más sus fantasías incestuosas por el aire en ese verano a flor de piel, como el que pululaba en otra época, a orillas del lago de Chapala o del mar.

Los dos desean a Helena obsesivamente y dejan de hacer lo que estaban haciendo. Espejito, espejito, pues, ¡claro que hemos padecido los efectos de una bella Helena!, y cómo es que se destapa de manera voluptuosa el deseo por esa “mujer del prójimo”, sobre todo, si está casada con un viejo que consideramos inútil. Por eso, estos dos hombres, como nosotros, dejaron todo lo que tenían que hacer con tal de estar cerca de ella y volver a verla y, de ser posible, besarla.

También nos vemos con esa misma sensación como la que tiene el tío Vania, cuando creemos que no somos nada y que todo lo que hemos hecho no vale para nada para azotarnos o todavía mejor, agarrar la borrachera como la agarran Vania y Astrov, tratando de negar la realidad pues le sofoca la idea de que he malgastado su vida sin remedio.

Mejor brindemos con el doctor Astrov que también es un ecologista del XIX que lucha por trascender cuando lo escuchamos que dice: ¿por qué arrasar los bosques?... Los bosques gimen bajo el hacha y destruyen millones de árboles, para aniquilar las guaridas de los animales y de los pájaros y disminuir el caudal de los ríos… si dentro de mil años la humanidad es feliz, será porque yo he contribuido a ello aunque sea en una mínima medida. Otro espejo.

Pero más grave es ese otro espejo del profesor que lleva veinticinco años disertando y escribiendo sobre arte, y, sin embargo, no sabe ni jota de eso… sólo masculla las ideas de otros… y se la pasa dándole de vuelta a la noria… ahora que se ha jubilado, es un completo desconocido… pero, de alguna manera le tengo envidia porque, sin duda, tiene mucho éxito con las mujeres... ¡Ay dolor, ya me volviste a dar! Y nos quedamos helados frente a ese espejo: pues bien sabemos que cuando nos hayamos retirado o muerto —¡nomás, no empujen!— , no habrá una sola cuartilla que trascienda y sentimos el mismo escalofrío mientras le damos vuelta a la noria escribiendo sobre eso que los listos saben desde hace tiempo y que a los tontos no les importa.

Chejov trascendió y, un siglo después, vemos en este espejo esas cosas que tienen que ver con nosotros.

NOTA: el aforo del Teatro Sor Juana Inés de la Cruz lo han reducido a 50 lugares. Por eso les sugiero que compren sus boletos con anticipación.