Cómo leer para uno mismo

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 29 de septiembre, 2012.


Es probable que Proust (1871-1922) haya leído el Soneto 30 de Shakespeare para tomar de ahí el título para su obra maestra: En busca del tiempo perdido. El primer cuarteto de ese Soneto en una versión libre dice:

Cuando he estado en apacible y silenciosa meditación,
se me ocurre ir en busca del tiempo perdido, 
suspiro al recordar tantas cosas anheladas y esos viejos dolores, 
así como añoro la dicha (inicua) de perder el tiempo.

Otros autores han tomado otros versos para usarlo como título de sus obras: El sonido y la furia (1929) de William Faulkner, tomado de Macbeth o Lo demás es silencio (1996) como lo reservó Augusto Monterroso tomando las últimas palabras de Hamlet antes de entregar el equipo.

Cuando empezamos a leer a Proust parece que entramos a un laberinto pero, en realidad, lo que pasa es que el narrador se toma las cosas con calma y nos explica primero lo que se imagina, luego, si puede hacerlo nos cuenta su experiencia real que, por cierto, no tiene que ver con lo imaginado y, para terminar, muchas páginas después, reflexiona sobre lo que ha visto y lo contrasta con lo imaginado y así es como salimos de ese laberinto como si fuera el hilo conductor que Ariadna le tendió a Teseo.

Tal como se lo explicó a Céleste, su muchacha, una manera de leer una obra debe ser parecida a ver los cuadros, es decir, relacionando, las figuras representadas con esas personas que conocemos (por ejemplo, ver los parecidos que encontremos en el cuadro de Vermeer). Tal vez por eso leo a Romeo y Julieta encuentro un parecido notable entre Verona de esa obra y Tepatitlán en los Altos de Jalisco —donde los Casillas teníamos casa y rancho— en ese parecido notable entre los Capuleto y los Montesco, por ejemplo, con los Navarro y los Cruz, pues los dos expresaban su odio empujados por unas razones cuyo origen nadie conocía bien a bien.

Proust —dice Alain de Botton en el segundo capítulo de Cómo cambiar tu vida con Proust—, nació en el seno de una familia que se tomaba muy en serio lo que hay que hacer para que los demás se sientan mejor, una conducta que asociamos con otros que conocemos y que son capaces de cualquier cosa para que nos sintamos mejor durante la cena a la que nos han invitado o en la que coincidimos.

Pero, al mismo tiempo que proponía esto, resulta que la señora Laura Hayman (1851-1932), amiga que coqueteaba con varios hombres en Paris y con escritores y artistas, rompió relaciones con Proust cuando leyendo Por el camino de Swann se reconoció en el papel de Odette y aunque Proust puso lo mejor su diplomacia, la ofendida Laura nunca volvió a hablar con él.

Todo lector es el lector de su propio yo —dice Proust— y sus obras son un espejo para podamos vernos y entender aquello que, sin el libro, nunca habría sido capaz de experimentar por sí mismo. ¿No cree usted?