Ernesto de la Peña, ahora se asoma desde el cielo.


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 15 de septiembre, 2012.
Por ahí debe de andar asomándose...
Pocas son las personas que tienen el don la memoria, un oído especial para la música y para los idiomas, una manera de ser más cerca de la bondad y de la modestia combinada con el buen humor y la sonrisa amable que lo localizaba siempre lejos de la pedantería y de la vanidad. Este hombre era Ernesto de la Peña (1927-2012), amigo recién fallecido casi a los 85 años de edad, después de haber tenido una vida plena donde almacenó todo lo que escuchaba, leía o veía para luego conectarlo con el presente y de esa manera hacer que la leyenda y el mito tuvieran su lugar en la vida actual.

Cuando fui editor en los 80’s lo buscaba para que me aconsejara y para ver si se nos ocurría algo que pudiéramos hacer juntos. Nos citaba en su departamento en la calle de Mazatlán y no era sorpresa que, al mismo tiempo, estuviera por un lado, un grupo escuchando una ópera que poco antes les había explicado en detalle y, en otro cuarto, dos rabinos discutiendo con él, gis en mano, la versión del Sánscrito en los recién descubiertos papeles del Mar Muerto. Mientras, hacíamos antesala o ante-biblioteca más bien, curioseando y moviendo la cabeza de lado, cambiándola según si los títulos estaban en lengua extranjera para leerlos de abajo para arriba o viceversa cuando eran obras en español, tal como estaban los títulos en los lomos de sus libros que guardaba con especial cuidado.

La modestia era su sello y por eso me atreví a buscarlo varias veces para hablar con él, regalarle alguno de mis apuntes o versiones sobre las obras de Shakespeare y hablar un poco de lo que nos viniera a mente o quedar ir a comer a un buen restaurante para hablar con su mujer de vinos, pues era una experta que tenía trabajando años en ese tema.

Lo buscaba en la biblioteca de la Fundación Telmex y ahí nos tomábamos un café mientras se preparaba sus comentarios en radio para aquel programa que se llama Música para Dios en donde cada sábado nos ofrecía versiones de los grandes compositores, misas, cantatas o réquiem's en donde me decía que el Requiem de Mozart era una estrategia clara para convencer a quien corresponda, para que le permitieran su ingreso y, para eso, había utilizando toda clase de artilugios, alabanzas y disculpas, hasta que podía ver con los oídos cómo es que se abrían las puertas celestiales a quien hubiese sido víctima de la guadaña.

Era erudito e instruido en varias ciencias  y artes que guardaba en su memoria prodigiosa para luego atar y desatar cabos y nudos gordianos con tal facilidad que parecía que tenía entre sus manos una liga de hule a la que sólo había que darle de vueltas y ¡listo!

Cada vez que volteo al cielo y veo esas nubes pachonas, pienso que es él que se asoma con sus barbas blancas a ver qué barbaridades hacemos.