sábado, 20 de octubre de 2012

Cómo (y por qué) tomarse un tiempo


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 20 de octubre, 2012.

Marcel Proust (1871-1922).
Hay algo que cuidamos con esmero y ese algo es el tiempo, por eso, si nos proponen algo que no nos gusta o nos da flojera decimos que “no tenemos tiempo” cuando, en realidad, lo que queremos decir es que eso “no nos interesa” tanto como para dedicarle un poco o un mucho de ese tiempo que dicen que vale oro y, si somos avaros, no deseamos desperdiciarlo perdiéndolo aunque luego extrañemos la dicha inicua de hacerlo aunque perdiéramos un poco de oro.

Tal vez por esto, dedicarle un buen tiempo para leer una obra extensa como Guerra y Paz de Tolstoi o En busca del tiempo perdido de Proust, sólo lo haríamos si estamos enfermos —y sin temperatura— o cuando ya no tenemos nada más que hacer. Pero hacerlo en nuestros cinco sentidos parece una ociosidad.

Más que una pérdida de tiempo es todo lo contrario: un tiempo que dedicamos a cultivar el jardín (interior) el más bello del mundo, para que un día cosechemos lo que sembramos. La obra de Proust puede ser una exageración pero tardamos en reconocer que es una joya que vale su peso en oro.

Todo lo queremos leer de manera resumida, Por eso del periódico leemos el título y su balazo o pies de foto, para pasar a la siguiente noticia y ahora, las nuevas generaciones sólo leen sus mensajes o cuando mucho las 140 palabras de twitter aunque sí saben que varias de las obras de literatura han sido inspiradas en esas notas rojas de la prensa, como lo hizo Flaubert para escribir la vida de Madame Bovary y Tolstoi Ana Karenina.

Tenía razón Jeanne Clemence Weil, la mamá a Marcel Proust cuando le reclamaba la manera escueta con la que le contaba cómo le había ido en alguna parte: No vayas tan de prisa le decía y como su hijito le hizo caso, aprendió a jalar el hilo de la madeja con mucho cuidado y llegó a narrar las cosas que le pasaban por la cabeza tan en detalle que llegó a crear otra realidad con puras palabras, colocando los trapitos al Sol de tal manera que desaparecían los sujetos para que pudiéramos navegar en el mundo de lo que recordamos e imaginamos para quejarnos de cómo es pero la realidad de lo que imaginábamos y así dejar que el tiempo pase de largo, como le dijo Kent, el fiel amigo del rey Lear, al joven Edgar para que no tratara de despertarlo (aunque ya estaba muerto): ¡Déjalo, no molestes a su espíritu! ¡Deja que pase de largo!

Marcel le hizo caso a Jeanne y hasta ahora es el campeón de la narración pausada, extensa, circular y laberíntica que profundiza con palabras en los sentimientos y recuerdos que, de pronto los reconocemos y por eso nos dan ganas de que no nos molesten y nos dejen pasar de largo.