Jugar y crear estructuras infinitas

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 4 de octubre, 2012.
Eduardo Terrazas y las Posibilidades de una estructura
En pleno siglo XXI conocemos a varias personas que son del Renacimiento: hombres que saben aplicar la tecnología, que tienen un amplio rango de intereses y que manejan varias de las artes, como pueden ser las artes plásticas, la arquitectura y el urbanismo. Reconocemos en Eduardo Terrazas a uno de estos hombres ahora que podemos disfrutar de lo que ha hecho en su vida para publicarlo en un libro como Posibilidades de una estructura de Ediciones Turner en coedición con el CONACULTA.

Para celebrar esta publicación ha preparado dos exposiciones con algunos de los originales: una exposición modesta, pero no por eso menos importante, en la Casa Luis Barragán (Gral. Francisco Ramírez 12, Col. Ampliación Daniel Garza) y otra mayor en Proyectos Monclova, galería que está en Colima 55 en la Roma.

Hace años que conocí a Eduardo entre otras cosas porque también le interesaban los libros y por eso, con Pepe Taylor, librero y amigo mayor, creamos en los años ochentas una distribuidora —de más o menos corta vida— llamada El Gusano de Luz, tal como propuso Juan Rulfo (1917-1986) que se llamara, en esos días que lo veíamos con su Coca-Cola en la mano paseando por El Ágora (no la griega, sino la librería que estaba en Insurgentes, casi esquina con Barranca del Muerto).

El abanico de intereses de Eduardo Terrazas era amplio y bien sabíamos que hacía poco más de una década había diseñado la imagen para las Olimpíadas de México 68, así como en esos días, seguramente regresaba de alguna otra reunión en el Instituto Aspen —un especie de Think Tank—, en donde discutía los problemas urbanos que enfrentaría el hombre en el futuro. Años después, entre otras obras, diseñó y construyó el Centro Cultural en Tampico, Tamaulipas (y de pronto lo asocio con aquella canción en donde estaba a la orillita del río, a la sombra de un Pirú…)

Eduardo tenía una casa en Tepoztlán donde trabajaba sus piezas de arte, obras que ahora podemos admirar y que están llenas de colores montados en una estructura de formas geométricas que varían con las que pudo hacer —jugando—, una infinidad de versiones, producto de elementos finitos, como sucede con el piano que sólo tiene 88 teclas (36 negras y 52 blancas) y 3 pedales (el unicordio, el tonal y el de resonancia) y con esos limitados elementos han podido crear —y siguen creando— una infinidad de obras demostrando así una de las facetas del Homo ludens como fenómeno cultural.

La diferencia entre probabilidades y posibilidades, tal como lo explicó Federico Reyes Heroles en la presentación del libro, es que la primera es el resultado matemático con el que podemos interpretar la realidad de alguna manera; en cambio cuando hablamos de las posibilidades, sabemos que pertenecen al amor y al arte y que son dos maneras de ver el mundo desde otra perspectiva. Por eso podemos hablar de las posibilidades infinitas como esas que inventó Eduardo, inspirado en el arte huichol que ha integrado a sus propias ideas y diseños pero que, en manos de un artista, resulta ser una geometría llena de color y de juegos visuales sorprendentes y casi infinitos.

La obra de Terrazas la podemos ver como si fuera un caleidoscopio en donde se despliegan, luminosas y extrañas, las formas y los colores que en su obra más reciente libra las fronteras del papel para ser manchas o aves que dejan huella mientras vuelan, como ha volado la fantasía de Eduardo que bien sabe que está hecho de la misma materia que los sueños.