Los celos destructores


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 27 de octubre, 2012.
Johan Botha en el Otelo de Verdi producido por el MET de Nueva York.
Los celos son una enfermedad que destruye a las víctimas que dicen haber amado, como a los victimarios. Los celos se van asentando en el cuerpo como la cicuta que los paraliza antes de envenenar el alma. Los celos, cuando no se pueden evitar, atacan en cualquier momento con un pequeño cambio en el tono de voz o con ese gesto que hace cuando desvía la mirada como si no pasara nada.

Los celos se trepan y enraízan cuando descubren que han perdido eso que les regalamos y que estaba cargado de simbolismo, como el anillo de compromiso o ese pañuelo bordado de la familia.

Los celos se alimentan de los complejos y de nuestras carencias para carcomer a esos que lo padecen, hasta dejar por los suelos la pura carcaza.

Los celos avanzan como las hormigas en el jardín y acaban con las hojas hasta llenarlas de agujeros y cuando atacan en marabunta, se alimentan por las dudas que ha sembrado aquel que se dice amigo que sólo desea vengarse por la maldita envidia que es como la gasolina de la molotov que prepara.

“La causa, la causa”, puede repetirla el victimario antes de acabar con la víctima: “la causa”, sí, y luego, la culpa violenta pero en sentido contrario, después de haber destruido lo que más queremos hasta despertar de la pesadilla y reconocer que todo fue una mentira.

El envidioso siembra dudas improvisando y cuando tiene la ocasión siembra esas semillas mortíferas al garete para que crezcan por fuerza de la naturaleza con más vigor que las plagas allí donde sólo crece la maleza hasta que cubre todo y deja a su víctima sin respirar.

Riega todo el tiempo su parcela y lo que para la víctima es un hecho sin importancia, para el enfermo de celos, es la gota que derrama al vaso para que ya no pueda ver más allá de su horizonte de perros —como decía Lorca—, tan cierto como la muerte.

Duele ver esto cuando nos acordamos del General en el apogeo de su vida y cuando ella no podía despegar la mirada, enamorada como estaba, sólo de imaginar las peripecias que escuchaba cuando el moro de Venecia platicaba su vida diciendo que su padre lo quería y por eso... me invitaba seguido y me preguntaba sobre la historia de mi vida: de las batallas, sitios y peligros que he pasado. Yo le contaba todo desde mis años de infancia hasta el momento mismo en que me ordenó contárselo. Y hube de hablar de lances desastrosos, de accidentes conmovedores por mar y tierra… y Desdémona se inclinaba hacia mí al oír esto, y si los quehaceres de la casa la apartaban de ahí, los despachaba como podía para regresar y que sus ávidos oídos siguieran devorando mi discurso

Hoy mismo a las 12:00 horas, Otelo de Verdi en directo desde el MET de Nueva York.

¡A sufrir se ha dicho!