viernes, 23 de noviembre de 2012

Arquitectura emocional, patrimonio artístico


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 24 de noviembre, 2012.

Torres de Satélite, Patrimonio Artístico Nacional.

Hace 24 años, el 22 de noviembre de 1988 falleció en la ciudad de México el arquitecto Luis Barragán, artista que ha sido reconocido en el mundo y que sigue siendo una marca en la historia de la arquitectura mexicana del siglo XX.

En 1957 fueron construidas «como parte de un proyecto para una Plaza Monumental que marcaría la entrada a una nueva ciudad ubicada en el norte del Distrito Federal» —como dice Daniel Garza Usabiaga en su ensayo sobre las Torres de Satélite—, una obra diseñada por el arquitecto Barragán y el artista alemán Mathias Goeritz que ha trascendido y que este pasado 22 de noviembre, el Presidente de la República, autorizó que fuese considerada Patrimonio Artístico Nacional. Desde ese día sería custodiado por el INBA para que se mantenga tal como está para el futuro, incrementando de esta manera el valor artístico de México.

Se encuentra a la entrada de la ciudad de México por la carretera a Querétaro, tal como las veíamos cuando viajábamos en coche desde Guadalajara. Nos provocaba una cierta emoción y había otras asociaciones que tenían que ver con la modernidad, tal como lo recuerdo, aunque no sabía entonces de quién era la obra, pero ya sentíamos al pasar por ahí, cómo desde esa altura dominaban la vista de la gran Tenochtitlán.

Los miembros de la Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán lo celebran con mucho gusto, pues ellos son los encargados de la protección y difusión de la obra del arquitecto que han defendido, a capa y espada, esta obra monumental, por ejemplo, en contra de la construcción en las narices de las torres de un segundo piso.

Felices, se preparan para promover su inscripción en la lista de las obras Patrimonio de la Humanidad en la UNESCO, tal como lo lograron en el año 2004 para que quedara inscrita la Casa Luis Barragán en la ciudad de México construida en 1947 que sigue siendo una joya arquitectónica.

En 1957 el arquitecto Mario Pani invitó a Barragán para que construyera un monumento insignia para que esa nueva ciudad y que se distanciara, lo más posible —como dice Garza Usabiaga—, del modelo de escultura conmemorativa característica de sus proyectos. Con un diseño y una localización inigualable, se levantan las cinco torres por los cielos desde una pequeña loma y lo hacen con cierta liviandad que parece que flotan como rascacielos cuando lo vemos de frente y, de espaldas, con una geometría orgullosa cuyos vértices otear el Ajusco, intentando imaginarse el azul marino del Pacífico.

Se trata de una obra de la «arquitectura emocional» que, como su nombre lo indica, provoca emociones como las que experimentamos y que han cumplido eso que decía Pani cuando «el hombre trasciende en las grandes cosas que parecen inútiles, pero que representan la presencia del espíritu y la dignidad de las obras hechas por el hombre».