El rayo que cayó dos veces en el mismo lugar


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 10 de noviembre, 2012.

Con el sentido del humor y el ingenio que caracterizó la vida y obra del maestro Augusto Monterroso, volvemos a leer La oveja negra y demás fábulas en ese libro que tuve la oportunidad de publicar en 1981 con ilustraciones de Felipe Ehrenberg (ver la ilustración de esta fábula) y que ahora me doy cuenta cómo con el tiempo esa fábula en particular, como el resto de las que él escribió o las de la antigüedad de Esopo o La Fontaine, se convierten en referencias obligadas cada vez que tratamos de explicar alguno de esos fenómenos que, por más que les damos de vueltas, no alcanzamos a entender lo que ha sucedido como ahora le damos vuelta a lo que les ha pasado allá por Nueva Jersey en donde, después de haber caído la tormenta tropical «Sandy» y el desastre que dejó como rastro, ha vuelto a caer una segunda tormenta invernal anónima con consecuencias que se salen de cualquier pronóstico.

«Hubo una vez un Rayo —escribió Monterroso— que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho.»

Más de setecientos mil habitantes están sin energía y por lo tanto sin calefacción y, al mismo tiempo, la temperatura ha bajado bajo cero, los vientos eran de más de 90 km/hr., como dardos lanzados con furia y, por todo esto, como en la fábula del rayo, no sólo la tormenta se deprimió sino que sus víctimas, asombrados de tener esa mala suerte, esa especie de maldición que ha caído dos veces en el mismo lugar, como les cayó una tormenta detrás de otra en el mismo lugar, tormentas que nunca habían barrido con tanta fuerza y que ahora lo han hecho como si fuese una maldición bíblica como aquella que dicen cayó en Sodoma y Gomorra al Occidente del Mar Muerto, cuando esas ciudades quedaron convertidas en cenizas.

Ahora llueve sobre mojado y el mal, que nunca viene solo, sino que parece viene en batallones, somos testigos virtuales de eso que nos hace volver a creer en el ser humano y tal como lo narran los reporteros de esas localidades surge ese sentido de solidaridad como el que se ha despertado entre sus habitantes para cumplir ese dicho popular que habla de que «no hay mal que por bien no venga» y así, escuchamos cómo unos vecinos se arriesgan y reparten cobijas y los que han podido cocinar comparten su comida con sus vecinos.

Por un momento se da esa luz que puede iluminarnos cuando el hombre deja de pensar en sí mismo para pensar en los demás y cuando sale del fondo de nuestra alma un espíritu comunitario, como lo pudimos ver en aquel temblor del 85 cuando vimos por los suelos tantos edificios aplastados en la ciudad de México como ayer los vimos en Guatemala.