miércoles, 21 de noviembre de 2012

Los soldados también tienen su corazoncito

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 22 de noviembre, 2012.
El prestigio que tenían los militares con Napoleón: Los duelistas
En el siglo XIX pertenecer al ejército implicaba cierto prestigio: vestían con elegancia como si ese fuera uno de los atractivos para que los incautos se convirtieran en carne de cañón, como la que necesitaba Napoleón para conquistar Rusia. También era un pasaporte con el que podía acceder a la vida social pues, además de que la vestimenta era espléndida y les daba un porte sin igual, con sus heroicas aventuras podían deslumbrar a las mujeres. Los escritores de la época trataron este tema, sin importar el bando en el que luchaban: Guerra y Paz y el ejército del Zar en la obra de Tolstoi; Rojo y Negro de Stendhal, donde el nostálgico Julián Sorel admira a esos que fueron miembros del ejército napoleónico; Lampedusa con Tancredi Falconeri y el ejército de Garibaldi en El Gatopardo; Joseph Conrad y Los duelistas, que luego Gerald Vaughan-Huges lo convirtió en un guión para que el maestro Ridley Scott dirigiera esa película, una obra maestra del séptimo arte.

Anton Chéjov (1860-1904) no se quedó atrás y con esa adorable modestia con la que escribía sus historias y obras de teatro, escribió un cuento que trata sobre unos militares invitados a tomar el té por un noble ruso. Se llama El beso (Cuentos imprescindibles, DeBolsillo. Barcelona, España, 2004) y es el cuento que Alonso Ruizpalacios adaptó e hizo una versión en nuestro tiempo y latitud, para ponerla en el Teatro de Santa Catarina de Coyoacán, en donde es imposible verla: con un aforo de 25 lugares sin poder comprar los boletos por teléfono es inútil hacer ese viaje para verla que paradójicamente es imposible de ver y, por eso, esta crónica les podrá servir para tener una idea del cuento y del esfuerzo que ha de haber hecho Alonso para que considerar a los sardos y saber que algunos de ellos también tienen su corazoncito, pues con esos uniformes verde-camuflaje, metralletas a mano y cubierto el rostro con un pasamontañas, no tienen pasaporte ni de visa para ser invitados por nadie, sino todo lo contrario.

La historia de Chéjov la narra el artillero Riabóvich, un tímido militar con baja autoestima, parte del batallón del Zar. Un hombre apocado que contrasta con el resto de sus alegres compañeros que, aunque cansados, aceptan la invitación que les hace el noble von Rabbek para tomar el té en esa casa de campo con docenas de recámaras, salón de fiestas y en donde comprobamos que el instinto del teniente Lobitko funciona bien, pues desde el río olfateó que en esa casa había mujeres con sus vestidos ampulosos que se esponjaban en los giros del vals o con la divertida mazurca. Había un cuarto de juego con mesa de billar, un cuarto de baño con las nicas sembradas en el suelo y otros cuartos conectados por pasillos oscuros. En uno de ellos se perdió el artillero Riabóvich para que, sorpresivamente, una mujer le diera un beso que le cambió la vida.

«¿Quién habrá sido? —pensaba Riabóvich mirando el techo abrumado—… En su imaginación centelleaban los hombros y los brazos de la señorita que traía el vestido lila o las sienes y los ojos de una mirada sincera como la de la rubia de negro. Talles, vestidos, broches. Se esforzaba por fijar su atención en aquellas imágenes, pero le brincaban, se extendían, oscilaban. Cuando en el anchuroso fondo negro que toda persona ve al cerrar los ojos, desaparecían por completos tales imágenes, empezaba a oír esos pasos presurosos, el rumor de un vestido, el sonido de un beso, antes que una intensa e inmotivada alegría se apoderara de él…»