El mar, el mar... como el que pintó Sorolla


INFOSEL, Crónica cultural para el jueves 6 de diciembre del 2012.
Paseo por la playa de Joaquín Sorolla (1909).
A veces las cosas se dan de manera extraña o inesperada, por ejemplo, la manera como descubrí la obra del pintor valenciano Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923): primero, desde hace tiempo recibí una serie de fotos de algunas de sus pinturas que hizo a la orilla del mar. Luego, como me cautivaron, empecé a investigar un poco más sobre él: dicen que es un pintor luminista porque le interesaban los efectos de la luz, sobre todo, si con eso provocaba una cierta sensación de alegría, además del gusto con el que lo muestra, acompañado de su deseo de compartir la belleza —del mar y de las personas—, y de mostrarnos de pronto una desnudez juguetona. Se trata del mismo mar que se refería el poeta José Gorostiza cuando decía: 

¡El mar, el mar!
Dentro de mí lo siento.
Ya sólo de pensar
en él, tan mío,
tiene un sabor de sal mi pensamiento.

Sorolla plasmó su deseo de vivir y compartió la sensación de estar de vacaciones, como las que pronto tendremos, agotados de haber cumplido un año de fatigas. Por lo pronto, sugiero, habría que ir a ver la obra de este pintor en el Museo de Arte de Orizaba, Veracruz, titulada como Prodigios de la Luz. Joaquín Sorolla y sus contemporáneos, y que estará hasta el 15 de febrero del 2013.

Digo que va uno conectando las cosas de manera extraña porque además este año mi mujer viajó a Madrid y trajo otro mensaje: lo que más valió la pena, dijo, fue haber conocido la casa y la obra de Sorolla, sobre todo, la parte de su vida amorosa con Clotilde García, quien fuera su esposa desde 1888 con quien se instaló en Madrid para desde ahí, ir y venir a Paris. Pero su placer consistía en regresar a pintar a las playas de Valencia para expresar esos sentimientos que le provocaba el Mediterráneo.

Sorolla era un esteta hecho y derecho, un amante de la vida, del mar, de la luz y del sol, un valenciano que me recuerda a su paisano y colega Vicente Gandía (1935-2009) que tanto quisimos. Dicen que Sorolla supo darle a las pinceladas la libertad que necesitaban sin pretender otra cosa que lograr pintar la belleza del cuerpo integrada a su alma, como se puede dar a la orilla del mar, con ese sol que abunda en el verano pegada a la blancura del algodón de sus vestidos como lo vemos en el Paseo por la playa, en donde está el buen gusto en plenitud de sus funciones, como el que expresa el pintor con la camisa al aire y sin temor de nada ni de nadie, pintando con gusto: un afortunado artista que supo plasmar, para que disfrutemos su manera de entender la vida.

Es un pintor que nos seduce como nos seducen sus modelos (mujer e hija); una seducción que permanece en ese almacén de las cosas bellas en este mundo que contrarresta todo lo demás. Para ver cómo se dio esa seducción y, sin tanto rollo, propongo que vean su obra y se dejen llevar por esas pinceladas desiguales que hacen que el viento sea tan real como si estuviéramos al lado de las dos mujeres en este paseo, recibiendo la brisa del mar como unas caricias para que así recordemos dónde también hemos estado.

Sus obras a la orilla del Mediterráneo son particularmente gratas, y el resto tiene dentro de sí esa búsqueda de la luz, ya sea en sus cuadros costumbristas o en los trajes o en el patio de su casa o cuando pintó a esa mujer secando a su hijo recién salido del mar con cara de que no quería salirse: pura vida y pura luz.