La biblioteca y la poesía de Alí Chumacero


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 13 de diciembre, 2012.

Alí Chumacero (1918-2010), tal como lo recuerdo.
Una biblioteca es un plan de lectura, un deseo de lograr tener esa sabiduría que otros han desplegado en un especie de arco iris, como el que podemos ver bajo la brisa de las bibliotecas rescatadas por el CONACULTA en La Ciudadela y, en particular, en la del poeta Alí Chumacero (1918-2010) que ahora descasa, renovada y en paz, gracias al proyecto de los arquitectos Jorge Calvillo y José Vigil que llevaron a cabo un proceso creativo que sumó percepciones, ideas un buen concepto para diseñarla y darle una vida en donde logran que se recuerde sublimada, la que había en San Miguel Chapultepec.

Los arquitectos conocieron esa biblioteca en la casa del poeta en donde vieron cómo, antes de entrar, había una ventana por la que se veía un árbol cobijado por los libros. De esta visita tomaron ese detalle y los incluyeron en su proyecto para la Ciudadela, en donde tenemos un vestíbulo con una ventana por donde podemos ver otro árbol y los libros que lo cobijan y el visitante «puede hacer un alto del mundanal ruido y entra en paz a ese otro, como el que nos ofrecen los libros en sus libreros —como me comentó el arquitecto Vigil con quien la visité la semana pasada—, el árbol se escogió ad hoc para el interior de esta biblioteca y es un hule violín». De esta manera nos ofrecen una doble referencia: la espacial y la nostálgica.

Algunos domingos íbamos mi mujer y yo a la casa de Alí para tomar una copa antes que él saliera a la corrida de toros en la Plaza México. Sí, ahí estaba ese árbol y los 50 mil libros que fueron invadiendo los muros de su casa que ahora descansan en paz de tal manera que el poeta podría estar orgulloso de verlos en ese espacio en donde hay varios guiños de su persona y del espacio que ocupaba en su casa: la sala de estar, ahora mejorada con varios sillones de cuero rojo-vino muy cómodos, en donde se antoja ponerse a hojear o a leer un libro con una lamparita que está donde debe estar; luego, esos detalles de la museografía de Margarita Macilla que habla tanto del poeta como del corrector, mostrando el proceso creativo de uno de sus poemas: desde la primera versión manuscrita, hasta terminarla y, cómo es que corregía las obras literarias, entre ellas vemos una de La Muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, corregida antes de publicarla en el FCE donde trabajó toda su vida.

Por ahí, el busto de la Musa, una escultura de Luis Ortiz Monasterio que acompañó al poeta cerca de su mesa de trabajo y que ahora es parte de este nuevo espacio al que le han integrado sistemas ecológicos —la especialidad del Arq. Calvillo en su Taller de Diseño Ecológico—, donde instaló un sistema de aire natural cruzado que evita al aire acondicionado, así como, una iluminación natural que se reparte con mayor claridad, como la que hay en las mesas de trabajo de madera como esas que colocaron en otra crujía. Con razón, Vargas Llosa dijo que «si pudiera, me iría a vivir ahí», y a esa propuesta le agrego que, si pudiera, lo estaría acompañando.

Da gusto ver cómo integraron las obras de arte y el mural de cerámica de Gustavo Pérez, en donde la textura y color, contrasta con la suavidad de los muros y de los miles de libros que nos cubren como si fuera un seno materno, en este acto de magia pura, como es el diseño de su biblioteca y la poesía de Alí tal como lo contaba y que se originó un día que vio cruzar a una bella joven vestida de blanco por el patio de la casa de su abuela en Acaponeta: ella fue la inspiración (musa) de toda su poesía en donde el poeta quiso saber quién era esa joven vestida de blanco que un día cruzó el patio de su casa.