La máscara para ocultar lo prohibido


Un baile de máscaras de Verdi y la conspiración de Gustavo III de Suecia.
México D.F., a martes 18 de diciembre, 2012.— Es tan antiguo el uso de una máscara para ocultar el verdadero rostro, que no tengo idea desde desde cuando las hemos utilizado, pues se pierde en las entrañas del tiempo. Se me ocurre que el hombre las ha usado desde que es hombre, desde el momento en que ha tenido que ocultar esos sentimientos que no tolera ni desea que le descubran a flor de piel, mucho menos cuando encontramos al amor prohibido y el corazón no miente, o cuando tratamos de ocultar nuestra felicidad y anteponemos un gesto diferente para distraer a los presentes. Usaban máscaras en el coro de las tragedia griegas, para poder decir la verdad que los demás pretendía ocultar; la usamos cuando aprendemos a simular lo que hacemos como decía este conde que luego se convirtió en villano: «puedo sonreír y mientras sonrío matar o gritar ‘¡contento!’ a quien aflige mi corazón, así como mojar mis mejillas con falsa lágrimas y enmarcar mi rostro en todas las ocasiones», decía Ricardo, conde de Gloucester, antes de ser Ricardo III.

La máscara es parte del arte popular y nada como esas que tienen en el museo de Zacatecas: una para cada estado de ánimo, una para mostrarnos como deseamos que nos vea la gente, aunque detrás de ella, estamos sonriendo o llorando. Una máscara por cada gesto posible, para cada personaje histórico imaginario o real, ángel o demonio, una como las que usaban en la Comedia del Arte medieval o las que hemos visto que ocupan en el Carnaval de Venecia para destramparse y seducir a quien se les antoje.

Tal vez por esto se le ocurrió a Verdi que Antonio Somma se basara en lo que había escrito Eugenio Scribe en Gustavo III o el baile de máscaras, para hacer el libreto con el que compondría esa ópera en tres actos que estrenó en 1859 como Un baile de máscaras en el Teatro Apolo de Roma: es una ópera en clave, que trata sobre el asesinato Gustavo III rey de Suecia. Como la censura no le permitió usar los nombres reales, Somma convierte a Gustavo III en Ricardo, conde de Warwich (Marcelo Álvarez) y su amigo Renato (Dmitri Hvorostovsky) en su secretario y esposo de Amelia (Sondra Radvanosky, la mujer de la que está enamorado el conde en secreto. La bruja Urlica (Stephanie Blythe) personifica la fatalidad y por eso Verdi utiliza la voz de una contralto con registro grave para darle ese tono que va entre lo místico y lo ambiguo.

Distraído como son los enamorados, al rey o conde en este caso, se la pasa pensando en Amelia y por eso se disfraza como pescador para mezclarse con los que iban a ver a la bruja para que les leyera el futuro y así pudo escuchar justo lo que quería, cuando Amelia le pide que la ayude para luchar con una amor prohibido y él, Ricardo, lo podemos imaginar, cree que ese amor prohibido es él, como lo que siente por ella.

Con esta ópera cierran el año las transmisiones en vivo y en directo desde el MET de Nueva York a las pantallas de alta definición como las que hay en el Auditorio Nacional en la ciudad de México o en el Teatro Diana de Guadalajara o las que han instalado en varios teatros en provincia y Verdi, que ya lo extrañábamos, vuelve a estar presente con esta tragedia con otro de los amores prohibidos para que haga del hombre lo que quiera.

Todo termina en ese baile de máscaras que organiza el conde, no sin antes haber decidido que era mejor enviar a Ricardo y a Amelia a Inglaterra para evitar las tentaciones, pero esto no se conoce hasta que cae herido de muerte en medio del baile, cuando en un «fuera máscaras», cae herido por el celoso marido, sólo para enterarse que el amor entre el conde y su esposa era imaginario e inocente y éste hombre se quede con el alma destrozada.