Un rito convertido en sueño


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 20 de diciembre, 2012.
El Cascanueces con la Compañía Nacional de Danza es todo un rito navideño.
Cada año, como medida del paso del tiempo, justo cuando empieza a hacer un poco de frío en la ciudad de México y el cielo está despejado, como ha estado este año desde que Dios amanece y por todo el día, dejando pasar los rayos del sol para que al caminar sintamos sus caricias mientras observamos el movimiento de la calle o mientras viajamos como centellas por el segundo piso pensando en esa cena de nochebuena que se convierte, por arte de magia, en Navidad al día siguiente con todo y regalos para los niños, doce días antes que lleguen los Santos Reyes que han sido desplazados en provincia por un Santa Claus bien surtido durante «el buen fin» como el que los comerciantes han propuesto para que, el flujo y reflujo de la temporada se pueda adelantar.

Dentro de toda esta parafernalia que surge por el malestar de la cultura y la celebración del nacimiento o el día que empezamos a respirar por cuenta propia, este año «se le incluye» la historia del alemán E.T.A. Hoffman escrita en 1816, misma que después adaptó al francés Alejandro Dumas para que en 1891 Marius Petipa le propusiera a Tchaikovsky compusiera una obra musical para ballet, obra que pondría en escena él mismo con una coreografía de Lev Ivanov para ser estrenada en el mes de diciembre pero de 1892 en el teatro Marisnky de San Petersburgo.

No podía faltar que este año la Compañía Nacional de Danza del INBA retomara esa versión y la pusiera en escena en el Auditorio Nacional, un espectáculo para la familia completa la disfrute con una escenografía impresionante y ochenta bailarines de todas las edades y que a los niños les encanta ver como si fuera un espejo, disfrutando a más no poder de la magia del espectáculo, de sus vestuarios y dos entretenida partes.

Por ahí vimos a una chiquilla de seis años —seguramente estudiante de ballet— que, en el intermedio, giraba como si estuviera emulando a Clara, la niña de El Cascanueces que, después de recibir el regalo de su padrino como mago que le obsequia un cascanueces en la figura del soldado —cuando los soldados tenían el prestigio napoleónico y pretendían conquistar el mundo, guapos, valientes y bien uniformados, con sus trajes de gala con los que deslumbraban a las doncellas, estuvieran donde estuvieran—, para que se fuera a soñar con el resto de la historia de Hoffman dándoles vida a los muñecos, entre ellos, al mismo cascanueces, antes de irse a dormir y soñar con países extravagantes como el de azúcar o el de chocolate de esa España andaluza —como lo imaginó Hoffman que era así y no de la Nueva España o del México independiente—, antes de pasar al café de Arabia y su danza sublimada o el té de China, hasta que, en el segundo acto, Clara es coronada reina y le ofrecen bailes formales, cómo si fuera ella misma transformada en primera bailarina para imaginar salir en escena con su pareja y algunos coros de bailarinas que la acompañan para presentarnos esa serie de pasos clásicos del ballet profesional: arabesque, croise devant, épaule, écarté, ballon, battement, cabriolé, cou-de-pied, etc.

A pesar de la distancia y el tamaño del Auditorio, a pesar que la música la escuchamos por unas bocinas, a pesar de todo esto, el espectáculo merece un aplauso y por eso tiene el prestigio que tiene desde hace más de una década convertido en otro ritual para esta época cuando los niños, si no se quedan dormidos, se transportan al mundo de la fantasía con todo y unos ratoncitos merodeando los regalos.

El Cascanueces de Tchaikosvky estará en escena hasta el domingo 23 de diciembre. Es un gran espectáculo de dimensiones babilónicas que tanto entretiene al público.