Una aventura (amorosa) para recordar


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 29 de diciembre, 2012.
Cary Grant y Deborah Kerr en la escena final de An affair to remember  (1957).  

El inconsciente juega su juego y funciona como quiere, queramos o no queramos. Por eso, hay ocasiones en las que tratamos de recordar cosas que, en principio, no sabemos su origen porque parece que no tiene nada que ver con nada. Lo que sucede es que el inconsciente lo registra y lo almacena a su manera en una memoria muy especial. Han pasado los días de Navidad y nos preparamos para el año nuevo y, sin saber por qué, amanezco tratando de acordarme cómo se llama la película en donde dos enamorados quedan de verse en el mirador del Empire State en NY seis meses después de haberse conocido y abrazado. Pero los guionistas deciden que justo el día de la cita, ella tenga un accidente por andar enamorada, mirando a las nubes y sin darse cuenta que venía un coche.

El destino, la distracción o el azar aparecen de pronto y hacen imposible el encuentro y, nosotros, títeres de la fortuna, nos vemos en ese espejo y se nos frunce el estómago como señal de esa otra inteligencia que está relacionada con lo inesperado.

La versión que más nos gusta es la de 1957 con Cary Grant y Deborah Kerr, An affair to remember (Tú y yo en español, no me pregunten por qué), en donde el tema musical exalta los sentimientos, sobre todo ahora que la volvemos a escuchar en YouTube con Nat King Cole y su voz pausada que recuerdo como sello de una cierta nostalgia de la juventud, sobre todo cuando empieza diciendo que «la aventura amorosa es algo maravilloso que gozamos al recordarla; un amor que nació del primer abrazo, con el que le dimos la vuelta a la hoja del tiempo y espacio; una aventura amorosa que es como una llama que arde por toda la eternidad».

Mientras la escuchamos, recordamos algunas escenas en donde el deseo y la frustración de no haberse encontrado se desahoga años después cuando se reencuentran en el departamento de ella, para intentar saber qué fue lo que pasó. Si digo que el inconsciente es maravilloso es porque justo en esa escena, cuando ella está recostada en su sillón con las piernas cubiertas por una tilma roja de lana pura, no le dice nada del accidente que tuvo y, justo antes que él decidiera mejor irse aunque decepcionado y sin entender por qué nunca llegó a la cita, ella le desea una ¡Feliz Navidad y año nuevo! y, cuando escucho eso, me doy cuenta por qué el inconsciente y esa extraña manera de asociar las cosas y entiendo por qué hoy amanecí pensando en esa historia que vi hace poco más de medio siglo, cuando entrábamos y salíamos por los laberintos de las aventuras amorosas –como en la versión del Love affair de 1939—, para saber que los amores se pueden dejar de ver, pero la llama se mantiene encendida.

Por estos días invernales, viendo estos atardeceres, recostados con una tilma sobre la piernas, estamos como Deborah Kerr recordando su historia de amor y a través de ella las rescatamos, para poder salir de esos laberintos que nos prepara el destino, día con día, sobre la brecha por donde avanzamos con la vista en alto, por el carril del presente, sólo para darnos cuenta que fue a través de esa aventura (amorosa) que nosotros también queríamos desearles, antes de que se vayan, ¡un feliz año nuevo!