Zoológico fantástico y los alebrijes de colores


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 27 de diciembre, 2012. 
Alebrije monumental como los expuestos en la Plaza de Tlalpan.
Borges sugería que si un día llevábamos ‘bruscamente’ a los niños al zoológico, no tendríamos por qué extrañarnos si veinte años después nos damos cuenta que esa visita pudo haber sido la razón para que le diera una cierta clase de neurosis. No hay niño que no haya descubierto, con la boca abierta, a los animales del zoológico, cuantimás si descubren a los animales fantásticos, llamados alebrijes, más cercanos a su fantasía, como los que hay ahora en varios espacios públicos, como es la plaza de armas de Tlalpan.

«Schopenhauer —como señala Borges en la Introducción del Manual de Zoología Fantástica (FCE, Breviario 125, México 1971)— decía que el niño mira sin horror a los tigres porque no ignora que él es los tigres —como bien ha escrito el poeta Eduardo Lizalde esos poemas sobre estos animales en donde uno de ellos siempre está agazapado en su casa esperando silencioso que llegue para atacarlo— y los tigres son él o, mejor dicho, que los tigres y él tienen una misma esencia: la voluntad.»

Sabíamos de los Centauros, los animales que son mitad hombre, mitad caballo, como también recordamos al Minotauro de Creta, que estuvo encerrado en su laberinto —hasta que llegó Teseo para matarlo—, todo porque su padre lo consideraba un monstruo, parido por su mujer Pasifae seducida por Poseidón transformado en ese negro animal —como su alma—, con quien tuvo relaciones para que, meses después, dieras a luz a ese que era como Minostatás y su familia, como Hugo Hirart bautizó su obra de teatro.

Sobre el origen de los Alebrijes hay dos versiones: una, que vienen de San Antonio Arrazola, Oaxaca, hechos de madera de copal, tallados a mano y pintados con pigmentos naturales; la otra, es que fue Pedro Linares López quien los inventó desde la ciudad de México desde el año de 1936, hechos con papel maché y pintados con colores vibrantes, representando a unos seres fantásticos. Creemos que algunos podrían ser parientes de la anfisbena, la «serpiente con dos cabezas, la una en su lugar y la otra en la cola; y con las dos puede morder, y corre con ligereza y sus ojos brillan como candelas.»

Otros son monumentales como los podemos ver en la plaza de Tlalpan, unos alebrijes que pretenden ser aterradores, guardianes de la plaza pues, con su presencia, nos defienden de quien quiera atacar o todo lo contrario si son ellos los pueden atacarnos a quien se les acerque, como si fueran paridos de nuestras pesadillas.

Los hay de todo tipo: animales que no tienen principio ni fin o que nacen con las fauces abiertas, como un volcán antes de vomitar y, si lo vemos directo a los ojos, a lo mejor salimos chamuscados; otros, despliegan sus alas como murciélagos a punto de volar alrededor del kiosco con todo y sus colores brillantes.

Otros han estado sembrados por el Paseo de la Reforma y si los vieron en medio del endemoniado tráfico, estoy seguro que les daban ganas de desplegar sus alas —tigres… voladores—, para llegar pronto a casa. Unos más se parecen al «animal hipotético» de Lorze —del que habla Borges en su Manual—, aquel que está «más solitario que esa estatua que huele rosas y que finalmente es un hombre, un animal que no tiene en la piel sino un punto sensible y movible en la extremidad de una antena».

Pero los niños entienden mejor de estas cosas que nosotros, pues, ellos son los amos de la fantasía. Por eso, caminando por la plaza vi cómo se acercaba una niña a uno de ellos con tal confianza, como si fuera uno de su familia.