miércoles, 23 de enero de 2013

De libros y libreros


INFOSEL, Crónica cultural, jueves 24 de enero, 2013.
La librería Marks & Co., en 84 Charing Cross Road, Londres.
Mientras siguen discutiendo sobre el futuro de los libros y se ponen de acuerdo si se van a seguir publicando en papel o digitalmente, mientras vamos a ir viendo cómo es que las librerías cierran por la competencia que puedan tener con las virtuales o por el dominio de los libros digitales como ha resultado en los Estados Unidos que hemos visto como han cerrado algunas librerías —como Rizzoli, una de las librerías consentidas en Nueva York— porque sus clientes sabían que podían recibir lo que ordenaban al día siguiente de pedir sus libros, tal como sucede con las librerías virtuales de amazon.com o Barnes & Noble, mientras sucede todo esto, en México extrañamos a esos libreros que sabían de libros, como aquellos dos jóvenes que había en la librería El Juglar en los 70’s y que conocían tan bien las novedades y a ciertos autores o ediciones y que, por eso, íbamos para que nos recomendaran lo mejor según nuestros intereses del momento.

Por eso digo que las librerías virtuales deberían abrir estos servicios y contratar a expertos en diferentes temas para contestar las preguntas que pudieran hacer los clientes o prospectos para que aconsejaran y atendieran tal como lo hizo Frank P. Doel por dos décadas seguidas, desde la librería de viejo Mark & Co., desde Londres, a su clienta Helen Hanff, una escritora neoyorkina, autora y personaje de 84, Charing Cross Road (publicado en español por Anagrama, Barcelona 2002 con ese mismo título) una obra estructurada con una serie de cartas que iban y venían de y desde los dos continentes que terminó en una relación fantástica

En México me da la impresión que ya no hay expertos en libros, y no hay nadie a quien preguntarle para que nos recomiende algo. Tal vez por eso, la nostalgia del pasado —que siempre es mejor—, nos conmueve cuando hemos releído el libro de Helene Hanff que para 1987 lo convirtió junto con James Roose-Rvans en guión para una película, también con ese mismo nombre en el original (en español la tradujeron como La última carta), con Anne Brancfort, como la escritora neoyorkina (Helen Hanff); Antony Hopkins como Frank P. Doel, el librero y anticuario inglés como esas que todavía hay en esa calle en Londres y Judi Dench, es la señora de Doel. Por este reparto y por la historia misma la he visto varias veces y casi siempre termino llorando, cosa que no es nada raro.

La primera carta es de Helen y está fechada el 5 de octubre de 1949 y dirigida a Marks & Co., diciéndoles: «Señores: Su anuncio  publicado en el Saturday Review of Literature dice que están ustedes especializados en libros agotados. La expresión de ‘libreros anticuarios’ me asusta un poco, tal vez porque asocio ‘antiguo’ con ‘caro’. Digamos que soy una escritora pobre, amante de los libros antiguos y los que deseo son imposibles de encontrar aquí, salvo en ediciones raras y carísimas… Si disponen de ejemplares en buen estado de segunda mano… a un precio que no rebase los $5 dólares, ¿tendrían la amabilidad de considerar la presente como un pedido firme y enviármelos?»

Así empieza su relación con el librero Frank P. Dole, una relación que llega a ser sublime y amorosa: en una Navidad, la neoyorkina, sabiendo que los ingleses la están pasando mal, les manda una caja con jamones y latas de todo tipo con lo que los hace felices a todos los que trabajan en la librería.

Las cartas van y vienen por veinte años y por momentos, el humor de la americana, contrasta con la aparente seriedad inglesa, por ejemplo, cuando recibe una joya de libro de poesía y les dice en su carta del 16 de abril de 1951: «Mil gracias por su maravilloso volumen. Jamás he tenido un libro con los cantos dorados…» 

Helen intentó ir a Londres para conocer a Dole, pero nunca pudo hacerlo y al final…, bueno, el final se los dejo en suspenso para cuando la vean o la lean. No se van a arrepentir.