miércoles, 9 de enero de 2013

Una mujer asomada a la ventana


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 10 de enero, 2013. 
El rapto de Helena de Guido Reni, 1631.
Para el próximo viaje al extranjero que planea hacer durante sus vacaciones en este año nuevo, no estaría de más conocer de qué manera podría disfrutarlas si conocemos esta historia: resulta que, en el 2007, cuando le dieron el Premio Príncipe de Asturias al escritor Amos Oz (1939-), autor de Una historia de amor y oscuridad y de un breve ensayo Sobre el fanatismo, en donde el primero es una obra autobiográfica, desde que nace en Jerusalén, cuando la ciudad era territorio inglés y él podía jugar con sus amigos palestinos, hasta que, de pronto, víctima del fanatismo vive una vida entre la espada y la pared. El ensayo sobre el fanatismo es una joya por breve y por estar bien escrito. Ahí entendemos un poco más lo que está detrás de la frontera del odio, como la que existe en Israel y Palestina.

Pero, más que hablar de estos libros, regresemos al tema de esta crónica para darles a conocer lo que dijo Amos Oz cuando le entregaron el Premio en Asturias, en donde les propone a los que viajan a otros países que, antes de hacerlo, lean novelas que tengan que ver con el país visitado. Es tan buena idea que lo cité cuando me invitaron como orador en la convención internacional de escritores de turismo (SATW) en agosto del 2009 cuando se reunieron en el Hospicio Cabañas. Siguiendo la idea de Amos Oz, les pregunté si habían leído, antes de hacer su viaje a Guadalajara, a Pedro Páramo o El llano en llamas de Juan Rulfo o alguna de las grandes novelas de Agustín Yáñez.

Amos Oz propone en su discurso, para que se den cuenta del valor de su argumento, lo siguiente: «si (un día) compran un boleto para viajar a otro país, es posible que (cuando lleguen) van a ver las montañas, los palacios y las plazas, los museos, los paisajes y los enclaves históricos. Si les sonríe la fortuna, a lo mejor tienen la oportunidad de platicar con algunos de los habitantes del lugar. Luego volverán a casa con un montón de fotografías y postales. Pero, si leen una novela, adquieren una entrada a los pasadizos más secretos del otro país y del otro pueblo. La lectura de una novela es una invitación a visitar las casas de otras personas y a conocer sus estancias más íntimas. Si no eres más que un turista, quizá tengas ocasión de detenerte en una calle, observar una vieja casa del centro histórico de la ciudad y ver a una mujer asomada a la ventana. Luego te darás la vuelta y seguirás tu camino. Pero como lector, no sólo observas a la mujer que mira por la ventana, sino que estás con ella, dentro de su habitación e incluso dentro de su cabeza. Cuando lees una novela de otro país, se te invita a pasar al salón de otras personas, al cuarto de los niños, al despacho, e incluso al dormitorio. Se te invita a entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños. Por eso creo en la literatura como puente entre los pueblos. La curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral. Creo que la capacidad de imaginar al prójimo es un modo de inmunizarse en contra del fanatismo.» 

Para muestra tengo el botón de un viaje afortunado a Grecia después de haber leído las tragedias griegas y Helen of Troy de Bettany Hughes (Knopf, 2005). El viaje, después de haber leído todo eso, resultó ser el mejor que he hecho en mi vida y, de pronto, cuando veía asomada por la ventana a una mujer, sabía que estaba viendo a «ese rostro que lanzó los mil barcos griegos para destruir las altas torres de Ilión», como decía el Dr. Fausto de Marlowe.