Crónica de una joya de libro


INFOSEL, Crónica cultural para el jueves 7 de febrero, 2013.

Cuando en marzo del 1982 Tito Monterroso me dijo que había conseguido que Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013) nos diera su versión de Los poemas a Lesbia de Catulo para publicarlo en la editorial, me dio tanto gusto porque sabía que era un parteaguas en la historia de esa editorial.

Ese librito estaría compuesto por la selección que había hecho Bonifaz Nuño de los poemas de Catulo que estaban dedicados a una romana llamada Clodia, la ‘Lesbia’ de sus poemas, ordenados cronológicamente como se pudo llevar a cabo esa historia de amor desesperada, tal como la cuenta el poeta y, una primera parte en donde Bonifaz Nuño nos explica cada poema para que, de esa manera, podamos seguirle el pulso y la temperatura a los amores de esa pareja dispareja.

Publicaríamos —como lo explica Bonifaz Nuño en la Introducción— un ‘librito que recoge las mejores muestras que de esos talentos suyos se conservan: son los poemas que le inspiró su pasión por Lesbia, definidos por su intachable perfección expresiva y por su desvergonzada profundidad emocional.’

Catulo es el mismo poeta que escogió Carl Off (1895-1982) para componer en 1943 sus famosas cantatas escénicas Catulli CarminaPoemas de Catulo—, populares y cachondas cantatas en latín.

Con ese librito sabía que la editorial tomaba una altura inesperada pues apenas había empezado a publicar libros de literatura hacía un año. Creo que es la joya de la corona entre los cien títulos que alcance a publicar. Pero, como algunas cosas en esta vida, entre los nervios y la emoción, el mero día de su presentación, con bombo y platillo, nos dimos cuenta que había una errata en la portada: donde dice ‘Bonifas’ (con ‘s’), debería decir, ‘Bonifaz’ (con ‘z’) y por eso, el día estelar hubo esa mosca en la sopa, en donde el poeta mostró su tolerancia, a pesar de ser un dios del Olimpo. La errata se corrigió —costara lo que costara— pero, la vergüenza de no haberla corregido antes, es uno de esos fantasmas que todavía se nos aparece por momentos.

‘Según muy atendibles inicios —como escribió Bonifaz Nuño— este nombre (Lesbia) oculta el de Clodia, mujer de la más alta nobleza romana, de la familia de los Claudios. Hija de Apio Claudio Púlquer, esposa de Quinto Metelo Céler, quien habría de ser cónsul en el año 59 a.C., y quien, según entonces se dijo, fue envenenado por ella; (Clodia era) hermana y amante del demagogo Clodio, de quien dependió en algunos momentos la suerte de la república; cortejada por multitud de hombres, (fue) objeto de deseo para muchos, incluso para el mismo Cicerón.’

¡Qué personaje! Una romana brutal de la que Catulo se enamora sin ser correspondido —el amor perfecto que nunca se alcanza más que a través de la poesía como Petrarca, Dante o Sir Philip Sidney— y por eso le dedica sus cármenes que son una delicia, por ejemplo, éste fragmento del primero del libro (catalogado como el LI en sus obras completas), donde enfatiza el privilegio de haberla visto y oído, cosa que sólo los dioses pueden hacerlo:

Que aquél es igual a un dios, me parece;
que aquél, si es posible, vence a los dioses,
el que con frecuencia ante ti sentándose
te mira y te oye…

Y así empieza a tejer su pasión, que ‘a pesar de todo —como explica el poeta— ésos son los días felices, donde los amantes parecen recorrer juntos prodigiosos palacios, y que él tendrá que pagar un poco después, y ya para siempre, con el precio de la humillación desesperada, de la más perfecta desgracia. Pero ahora el amante es correspondido.’

Me preguntas que cuantos beses tuyos
serán, Lesbia, bastantes y de sobra.
Cuan magno de la libia arena el número
yace en Cirene, rica en laserpicio,
entre el oráculo de Jove ardiente
y del antiguo Bato el sacro túmulo,
o cuan muchas estrellas, cuando calla la noche,
ven furtivos amores de los hombres,
que beses tantos besos al demente
Catulo tú, bastante es y de sobra;
que ni bien numerarlos los curiosos
puedan, ni aojarnos una mala lengua.

Y así va por los caminos de su pasión mientras los celos acompañados de su desprecio hacen de las suyas sufriendo al ver que ella va conquistando nuevos amores. Hace tiempo estuve en las ruinas de su biblioteca que tenía en el Lago di Garda, donde se exiló. Estando ahí respiraba eso que él poeta suspiraba al atardecer.

Luego sigue enloqueciendo tratando de no escuchar eso que era del dominio público en Roma:

Vivamos, Lesbia mía, y amemos,
y el rumor de los viejos más severos
estimémoslo todo en un centavo.

Tienen un poema tan corto como la fábula del Dinosaurio de Monterroso que por breve y bueno, es inolvidable e implica las dualidades como las que a veces sentimos sin saber qué hacer:

Odio y amo. Por qué lo haga, acaso preguntas.
No lo sé; pero siento que lo hago, y me atormento.

Para Rubén Bonifaz Nuño la poesía fue el único acto libre de su vida y que lo demás era el trabajo pagado para sobrevivir. Desde que me dio ese librito para publicarlo le estoy agradecido por haberse arriesgado a entregarnos una joya admirable que fue un motor que subió la moral de los que estábamos en esa editorial a la que tanto tiempo, energía y esfuerzo le dediqué y que me retribuía con este contacto con los poetas del Olimpo. 

¡Que descanse en paz!