Cuando el amor nace de la lectura


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 14 de marzo, 2013.
Francesca da Rimini y Paolo Malatesta cuando suspenden la lectura.
Dijo Dante cuando visitó el infierno que ‘hablaría gustoso con esos dos que vienen juntos y parecen tan ligeros al viento’, y Virgilio le aseguró que los vería ‘cuando estén cerca, si les ruegas que en nombre de su amor vengan’, y así nos enteramos de esta historia de amor (Divina Comedia, El infierno, Canto V, 108-142) de Francesca da Rimini y Paolo Malatesta, su cuñado aunque ella no quería contarla porque ‘ningún dolor es más grande que acordarse del tiempo dichoso estando en desgracia’, como le confesó a Dante.

Cuando el deseo se trepa por esa liana que está anudada con palabras, acaba con la voluntad del hombre o de la mujer y destruye uno de los pilares del alma y la pasión se convierte en un demonio. En este caso fue el Amor y la atracción voluptuosa los causantes de su muerte que Dante quiere volver a escuchar de labios de la bella Francesca, una alma tan dolorida que él, al oírla, baja la cabeza y Virgilio, preocupado, le pregunta: ‘¿en qué piensas?’, y después de un silencio le contesta: ‘¡Qué pena, cuánto dulce pensar, cuánto deseo llevó a estos dos a tan doloroso trance!’ En eso, voltea a ver a Francesca y considerándola le dice: ‘tus pesares me hacen llorar y me quedo triste y compasivo… dime, en la edad de los dulces suspiros, ¿cómo o por qué el amor les concedió que conocieran tan turbios deseos?’

Siglos después, Riccardo Zandonai (1883-1944), hasta ahora, para mi, un desconocido compositor, compone una ópera basada en la historia de Francesca de Rimini de Gabriel D’Annunzio, sobre este pasaje de Dante y este sábado la podremos ver a las 10:00 de la mañana en el Auditorio Nacional de la ciudad de México —a esa hora por los ajustes en el horario de verano con el MET de Nueva York— como también lo podrán ver en el Teatro Diana de Guadalajara, en el Auditorio Elizondo en Monterrey o en Teatro Macedonio Alcalá de Oaxaca, más tres millones por todo el mundo. Eva María Westbroek es Francesca y Marcello Giordani, Paolo. 

‘Leíamos un día por placer cómo es que el amor hería al buen Lanzarote… estábamos solos los dos, sin recelo alguno’ —contaba Francesca— sin dejar de señalar que, algunas veces suspendían la lectura cuando ella palidecía: ‘al final nos venció un pasaje: al leer que la deseada sonrisa (de la reina Ginebra) era besada por tan gran amante (Lanzarote) y éste (Paolo), que de mí nunca ha de apartarse, me besó en la boca temblando todo él. Galeotto (el autor de esa novela) lo provocó. Ese día, no seguiríamos leyendo.’

El amor de estos amantes duró poco y ha pasado a la eternidad gracias a que Dante lo cuenta mientras baja por los diferentes infiernos para poder volver a gozarla hasta el cansancio en pleno ejercicio de la empatía. Nos recuerda otro momento como esos, cuando nos cuenta Stendhal cómo temblaba de emoción Julián Sorel antes agarrarle la mano a la alcaldesa en Rojo y Negro y juraba hacerlo antes que dieran las ocho campanadas de la noche.

Dante, finalmente ‘cayó desfallecido’ mientras oía cómo lloraba Paolo en el infierno, recordando cuando la besó y ella, trémula, soltó el libro. Descender al Hades es un privilegio, como Dante lo pudo hacer o como Ulises lo hizo en la Odisea y James Joyce después le permitió hacerlo a Leopold Bloom, su Ulises, en el panteón en Glasnevin en Dublín, para enterrar al pobre de Dignam o Pedro Páramo cuando llegó a Comala. Cada quien su infierno y las historias de amor que escuchan y luego las cuentan.