La ficción y la realidad sin fronteras


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 9 de marzo, 2013.
Keira Knightley como Ana Karenina (2012), portando unas joyas increíbles. 
Maravillado por el guión que Tom Stoppard hizo para Ana Karenina y de la versión que han filmado de esa novela de Tolstoi nunca antes vista, así como de la edición de Melanie Olivier y la cámara del irlandés Seamus McGarvey (con la que ganó un Oscar) y la dirección de Joe Wright, podemos ver por primera vez de qué manera la ficción y la realidad no tiene fronteras y todo fluye de manera natural, si es que se puede decir de esa manera, siguiendo la cita shakespeareana en donde todo el mundo es un teatro. La película inicia en el escenario donde vemos a uno de sus personajes y al público expectante, pero, a partir de ese momento, sin advertirnos se pasa de la escena a la tramoya o a la realidad, ida y vuelta, entrando a esas alturas a los barrios bajos de Moscú o en los salones de San Petersburgo, o al campo ruso, sin que nos moleste en algún momento. Magia pura.

La historia la conocemos: es el año de 1874 y se trata de la bella Ana, casada desde que tenía 18 años con el ministro Karenin (Jude Law), hombre poderoso y en extremo ordenado que en la cama reutiliza su condón que guarda en una cajita de plata, y nos parece que debió ser desabrido, se enamora tal vez por curiosidad con un Vronsky, un joven que milita en el ejército del zar Alejandro II y estamos en el año de 1874 y con eso inicia el gran final.

En verdad, Ana desconoce eso que las otras dicen es ‘el amor’ en donde, nos dan la impresión que se refieren a esa faceta que tiene que ver con la pasión y la lujuria como la que disfrutaban los hombres con sus amantes lanzando, como era una costumbre entre los militares, una que otra cana al aire. Pero, eso estaba prohibido que lo hicieran las mujeres casadas, sobre todo, si pertenecían a una clase social como en donde se encontraba Ana Karenina.

Un día, bajando de un tren surge el amor a primera vista y con eso el deseo brutal de satisfacer su curiosidad con tal fuerza que desplaza de su alma a la voluntad para que empiece a caer hecha pedazos.
Se deja llevar y Vronsky (Aaron Taylor-Johnson), en este caso mal escogido, es un niño bonito, militar y galán del momento, que disfruta de ese apasionado amor con esta mujer casada, con lo que la orilla a ese callejón sin salida como el que creen encontrarse los que no ven otra salida más que el suicidio.

El vestuario es de primera así como la producción: el imperio está presente y los grandes salones se transforman en nuestras narices en un hipódromo con una espectacular carrera de caballos en el escenario desapareciendo sus fronteras de tal manera que ya no nos importa si es ficción o realidad.

La tensión creada por Tolstoi nos lleva al clímax sólo para descender y dar traspiés por las colinas de la vida, pasando del campo a los salones; del lujo a la miseria y de la vanidad, a la humildad como esa mujer que pone practica lo que promovía Tolstoi en su comuna para disfrutar de esa creatividad y ver con nuestros propios ojos la magia que hay cuando sabemos que todo en esta vida es un teatro y los hombres y las mujeres simples actores.