Sorolla y los prodigios de la luz


INFOSEL. Crónica cultural, 27 de marzo, 2013.

Pienso en la alegría de vivir cuando veo la obra de Joaquín Sorolla (1863-1923), ese valenciano que reconoció como propias las técnicas del ‘impresionismo’ cuando fue a Paris en 1894, antes de incorporarles la luz y el color como lo vio tantas veces a orillas del Mediterráneo desde que era niño hasta encontrar cómo trasladar algunas escenas o instantáneas, como esta de la Niña (1904), pidiéndole a su hija María que posara seria y abstraída por el horizonte marino con su vestidito blanco tan llena de sol a su espalda, tal como podemos ver ahora. Años después, en 1917, hecha toda una mujer, la volvería a pintar caminando por la playa junto a su madre Clotilde, las dos con sus vestidos blancos y vaporosos, sosteniéndose el sombrero de paja con la mano por la brisa que las acaricia y que viene del mar durante esas vacaciones que pasaban juntos en Valencia, mientras él pintaba esos cuadros marinos que casi siempre acompaña con un par de niños desnudos, quitados de la pena, jugando con las olas del mar. De esta manera vemos cuánta razón tenía Carlos Pellicer cuando le dice a José Gorostiza que, en esos cuadros, ‘corren las pinceladas del pintor, como el mar… y toma la luz como si el sol fuese su propia paleta.’

Los Prodigios de la luz. Sorolla y sus contemporáneos está en el Museo Nacional de San Carlos (Puente de Alvarado 50, en donde debe tomar su precauciones, pues no hay dónde estacionarse) hasta junio de este año. Es una muestra pequeña pero sustantiva, que se complementa con un video donde vemos ese amor que le tenía a su familia a la que pintó todo el tiempo.

En cada cuadro nos deslumbra la luz del sol como ese que ha plasmado en El niño de la sandía (1916), donde se cubre lo mejor que puede con su sombrero de paja y hace un gesto de cierto disgusto porque, seguramente, Sorolla no le permite morder la fresca y deliciosa sandia que tiene entre sus manos hasta que termine la sesión; luego, están los óleos en el mar, ¡ah!, siempre el mar y la brisa que lo acompaña, donde todo el mundo se cubre del sol, como el que puede haber en el verano allá en Valencia —o acá en Vallarta—, cuando deseamos caminar por la playa y bañarnos en el mar para sentir lo que decía Pellicer de la luz en Sorolla que parece ‘que canta al ser tocada’.

El vestido de la niña revolotea y habla de la vida plena como con las Pescadoras valencianas (1909) con sus canastas de peces, niños en brazos y pañoletas bien puestas, pilladas en un momento de su vida antes que pase, como pasan las olas del mar.

Asombrados de la serie de retratos como el de la Señora Urcola vistiendo mantilla negra (s.f.) o el de Manuel Ducassi (1917) con un gesto parecido al de mi amigo y actor Erando González o el de Rafael Cervera (1887), un amigo de verdad, como lo escribe en la tela. Lástima que no han puesto bancas para poder ver mejor la obra, verla y volverla a ver hasta el cansancio o hasta que nos saciemos de su luz, del mar y del viento, es decir, de la parte soleada de la vida para decir con Gorostiza: ‘¡El mar, el mar! Dentro de mi lo siento. Ya sólo de pensar en él, tan mío, tiene un sabor de sal mi pensamiento’, tal como el pintor lo dice.

La obra de Sorolla nos vuelve a la vida y le da ese sentido humano y cálido como el que asociamos con la luz, la espuma del mar y su movimiento en Haciéndose a la mar (1908) con cinco barcos de vela que libran las olas saliendo desde la playa y una manta indica la fuerza del viento que empuja a los barcos, como nos gustaría que nos empujaran para poder enfrentar la vida misma.