Tan corto el amor y tan largo el olvido


INFOSEL. Crónica cultural del jueves 21 de marzo, 2013.
Karina Gidi es la mujer en La voz humana de Cocteau dirigida por Antonio Castro.
Era lo que decía Neruda de esos dos tiempos: el del amor y el del olvido. Por su parte, ella dice agotada que ‘sufrir cansa mucho’ y tiene razón cuando vemos cómo fatiga en La voz humana de Cocteau escrita en 1930 que ahora Antonio Castro adaptó y dirigió a Karina Gidi como la mujer, para que despliegue sus emociones en medio de la angustia que vive, cercana a la locura, cuando sabe que le quedan unas cuantas llamadas más para escuchar la voz de su amante antes que la abandone definitivamente.

Antonio Castro tuvo la oportunidad de discutir la obra con Karina antes de montarla y supongo que de esa manera definieron el tono, la contención y, sobre todo, los peligros de esta obra que finalmente estrenaron, con éxito, el jueves pasado en el Teatro Orientación (Centro Cultural del Bosque) en donde estará hasta el 28 de abril (excepto en Semana Santa).

En esta obra Karina Gidi mereció un espontáneo y entusiasta aplauso de pie después de haber mantenido por casi una hora la  cuerda del arco tensa y de haber logrado comunicarse con el público para lograr que nos pusiéramos en su lugar y compartiéramos todo el paquete de emociones y de sentimientos encontrados —te amo y te odio—, como los que afloran cuando sabemos que una relación amorosa ha terminado pero no nos hacemos el ánimo.

Hacía tiempo que no veía en el teatro una actuación como la de Karina en donde puede comprobar que, efectivamente, cuando alguien es capaz de integrar a ‘esa otra persona’ en la escena, y se convierte en ‘ella’, entonces, hemos aterrizado en el verdadero campo del teatro para recibir de golpe esos efectos abrumadores como puede ser la catarsis que nos saca de nuestra realidad para entrar en esa otra mientras dura la obra, para dejar de ser lo que somos y convertirnos en esa otra que lucha, como nosotros, con todo lo que puede mientras enfrenta su crisis.

De pronto pensé que estaba en un circo de tres pistas viendo al mismo tiempo a la misma mujer que, por un lado se tambalea mientras camina por la cuerda floja, y luego la vemos dar el salto mortal arriba, por las alturas del trapecio, para finalmente verla entrar a la jaula, sin látigo, tratando de domar a un león que ruje desesperado. Tres situaciones tres de peligro y el estómago que se nos frunce sin remedio para que cada quien viva esa experiencia y sus fantasías.

Es un monólogo en un solo acto con chispas de humor y de ironía con la locura que se produce cuando nos abandonan y simulamos que no pasa nada, sólo para que no se note nuestra furia, nuestra desesperación y, aunque nos duela el alma, decimos una que otra mentira piadosa con tal de que no salga eso que tratamos de esconder.

Si logramos la empatía con ella sobre todo si nos dejamos llevar por esa voz tan humana de Karina que va adquiriendo vida propia hasta vernos retratados en ese simulacro de la vida como puede ser el buen teatro.

Lo demás no es lo de menos: el sonido de Miguel Hernández, la escenografía de Diego Torres y Vania Sauer; el vestuario de Israel Ayala y la producción de Claudio Sodi son excepcionales, como es el que haya sido financiada, gracias al ‘artículo 226 bis de la LISR (EFITEATRO)’, mostrando con esta obra cómo es posible hacer teatro de calidad que bien valen la pena ver.