viernes, 5 de abril de 2013

Ni adiós me dijiste...


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 6 de abril, 2013.

Rubén Bonifaz Nuño murió el 31 de enero de este año, el mismo día que sucedió el accidente en Pemex. Por eso, quedó pendiente hacerle un homenaje a este hombre que dedicó toda su vida a encontrarle el sentido al amor y a la existencia a través de sus poemas con versos como este que dice: Y tú tan tranquila. Me acabaste; ni adiós me dijiste… o traduciendo la poesía clásica latina y griega, como la que hizo con los amores de Catulo (87-57 a.C.) y Clodia —Lesbia como la llamó en sus poemas—, en donde encuentra, entre otros, este sentimiento encontrado: 

         Odio y amo. ¿Quizá me preguntas por qué lo hago?
         No lo sé, pero siento que es así y sufro.

Para traducirlos tuvo esa percepción especial como la que se necesita para entender el original y la capacidad de análisis y decodificación de sus componentes, así como, encontrar esas relaciones que puede haber entre la riqueza, la diversidad y la complejidad implícita para luego, poder escoger las palabras, los sonidos, las imágenes de cada verso y construirlos en el estilo que debe permear al lector para que entienda los significados y sus equivalencias. Por último, mantener implícita la atmósfera que se respiraba en Roma después que Julio César había decidido cruzar el Rubicón. Este fue el alimento con el que se nutrió el catálogo de la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum de la UNAM.

Al homenaje que se llevó a cabo el jueves pasado en una Sala Nezahualcóyotl, que estaba a reventar, le faltó imaginación y resultó muy soso y extraño: unos jóvenes leyeron textos de personajes ausentes como fueron los de Avilés Fabila, Marco Antonio Campos, Rafael Tovar y de Teresa y hasta el del rector Narro que por eso, perdieron toda gracias y contundencia. Luego, un grupo musical —¿conectado con micrófonos y bocinas en la Sala Nezahualcóyotl?— de la Escuela de Música de la UNAM interpretó La bruja y La vida no vale nada —no me pregunten por qué. Finalmente los poetas Eduardo Lizalde, Vicente Quirarte y Juan Gelman en vivo leyeron (aunque a Gelman no se le escuchó nada de lo que leyó) cada uno cuatro poemas del homenajeado, en lugar de haber contado lo que significó la vida y la obra del poeta. Habiendo tanto talento escenográfico, ¿por qué no acudieron a ellos para dirigir este homenaje? Resultó burocrático, sin chiste.

Mientras esto sucedía, mejor me pude a imaginar esa afortunada vida del poeta que se la pasó tratando de encontrar la palabra correcta que se ajustara a la métrica y a la idea de lo que quería decir y, al mismo tiempo, encontrar cómo, en esa brevedad, podemos abrevar los que andamos por este mundo sorprendidos cuando vemos nuestro reflejo en las aguas donde el poeta ha extendido su manto plateado de palabras.

Lizalde es un poeta mayor y tiene poemas con los que me conecto con naturalidad, como este que es publicado en Tabernarios eróticos en 1989 es una especie de paradoja entre el tiempo y el dinero:

Al tacto cuento el oro y cuento el tiempo,
y pierdo siempre el tiempo y pierdo el oro,
pues pierdo el oro por ganar el tiempo
y el tiempo pierdo por ganar el oro.

Compro, para vivir, oro con tiempo,
y después pago el tiempo con ese oro.
Aquel perdido tiempo era de oro
y aquel oro tan pobre, puro tiempo.


Vicente Quirarte es otro poeta que estuvo cerca del maestro Bonifaz Nuño, a quien le tomó el pulso para algunas de sus composiciones que luego revirtió en esto que le llamó el Encuentro con la nieve:

Nevó toda la noche y amanece
la tierra inmaculada.
Quién pudiera decir que bajo el manto
prepara su verdor la primavera.


Si la pureza existe,
qué semejante es a la nieve:
hoja blanca cedida por el mundo
para probar que nada permanence.

Mejor me remonté a los años de editor para revivir la alegría que me dio cuando puede contarlo en el catálogo, tan apreciado en su momento, como si hubiese logrado con el librito de Los poemas a Lesbia llegar cerca del Olimpo y ponerme a bailar con las musas en la fuente de Mnemosine cerca de en Delfos, refrescada la cara con su agua cristalina, antes del amanecer y antes que se nublara el panorama.