¡Soplen vientos, soplen!


INFOSEL, Crónica cultural para el jueves 25 de abril, 2013.
(Regania, Lear, Cordelia y Gonerill, en Rey Lear dirigida por Hugo Hiriart).
Después de veinte años Hugo Hiriart ha regresado al teatro adaptando y dirigiendo Rey Lear de Shakespeare (Teatro Sor Juana Inés de la Cruz en Cultisur), una obra en donde todo parece que está fuera de tiempo y cada quien espera ver —o volver a ver— esas escenas que hacen de esta obra algo inolvidable como pudo haber sido la transformación de un rey viejo, prepotente y vanidoso, a un rey igual de viejo pero sin reino que gobernar, en medio de la locura, la soledad y la muerte.

Estas son algunas de las expectativas que uno espera satisfacer: escuchar de una manera contundente a Edmundo, el bastardo y villano hijo de Gloucester, cuando declara abierta y cínicamente su defensa a la bastardía, antes de traicionar a su padre, a su medio hermano y a quien se le ponga por enfrente, en un discurso retórico donde dice con razón que es una suprema estupidez pensar que, cuando somos desafortunados, culpemos de nuestras desgracias al sol, la luna y las estrellas como si fuésemos malvados por necesidad… habría sido lo que soy, aunque la estrella más virginal del firmamento hubiera centelleado mientras me hacían bastardo.

O ver, como vimos al rey Lear, después de haber sido rechazado por sus hijas mayores ahora en la intemperie, bajo la lluvia para que se ponga a maldecir: ¡Soplen vientos, soplen hasta que revienten sus mejillas! ¡Diluvios y huracanes desencadenados inunden las torres y ahoguen a los gallos! ¡Llamas de azufre, raudas como el pensamiento, caigan como los rayos y chamusquen mi cabeza encanecida! Vimos cómo fue el parteaguas en la vida del rey para de ahí en adelante caer en la locura y la destemplanza.

Vimos la falsa caída al vacío del viejo Gloucester, ciego y desesperado, acompañado de Edgar su hijo como lazarillo, disfrazado de mendigo, inventando estar frente a los acantilados de Dover para que se aviente, como si la fantasía fuese una realidad: Vamos, sire: éste es el lugar. ¡No se mueva! ¡Qué terrible y espantoso es mirar al vacío! Los cuervos vuelan a media altura y parecen unos escarabajos… Los pescadores que caminan por la playa parecen ratones… Y el viejo cae al suelo engañado por la esa realidad inventada.

Pero Lear ha enloquecido y Germán Jaramillo, el actor colombiano que hace este papel, aparece completamente desnudo en medio de la nada, tratando de reconocer a Gloucester diciendo incongruencias cargadas de sentido, como cuando le dice a su amigo ciego que un hombre puede ver sin ojos cómo va el mundo. Mira con tus oídos: ve cómo aquel juez insulta al ladrón humilde. Pon el oído; cámbialos de sitio y ¡zas! ¿Quién es el juez, quién es el ladrón?

Uno esperaba volver a sentir la ternura que pudo haber entre el rey y Cordelia, su hija menor desheredada y exilada por un padre vanidoso y senil y, tal vez, por eso esperábamos con ansias sentir compasión cuando los llevan a prisión que ahí cantarán solos como pájaros enjaulados y cuando me pidas que te dé mi bendición, de rodillas imploraré tu perdón y así viviremos, y cantaremos, y rezaremos…

Y, finalmente, esperábamos conmovernos cuando el rey carga a Cordelia y aparece en escena con ella en sus brazos sin poder aceptar su muerte que acaba con su corazón y parece que vuelve a tener cierta sensatez. Entonces, Edgar declara que ya es tiempo de decir lo que sentimos y no lo que deberíamos decir… ¿Destrabar lo que pensamos para que fluyan las ideas y caigan por su propio peso siendo franco con uno mismo? 

Bueno. Que así sea.