viernes, 24 de mayo de 2013

Cuando se viaja a Guadalajara

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 24 de mayo, 2013.
Las cuatro plazas en forma de cruz en el corazón de Guadalajara.
Cuando se viaja a Guadalajara resulta emocionante y pleno de nostalgia, tal vez, por los años ahí vividos. Ahora que estuve en la Perla tapatía recorrí esos lugares que traen recuerdos como es la Biblioteca y Casa de Cultura en Agua Azul, el Museo Regional, con sus patios sombreados que cargan buena parte de la historia de Jalisco para que luego saliera a caminar, sin importar los 32ºC a la sombra, por la Plaza de las Dos Copas y escuchar el frescor del agua en sus fuentes, mientras me sentaba en la sombrita a ‘darme bola’ con esos genios como los hay en Guadalajara: ‘pros’ que hacen su rutina con cuidado, sin prisa, hasta dejar que los zapatos brillen y vuelvan a la vida.

A espaldas de la Catedral estaba la casa del Huesito que fue demolida en 1947 para darle espacio a la cruz hecha con las cuatro plazas tal como la diseñó Ignacio Díaz Morales, de tal manera que trazan la señal sobre el cuerpo de la Catedral diseñada por el alarife en 1618. Al frente, la Plaza del Ayuntamiento; dos brazos a los lados, uno, la Plaza de Armas y el otro, la de los Jaliscienses Ilustres y, para rematar lo que serían las piernas, la Plaza de las Dos Copas, con el Teatro Degollado como soporte.

Imposible no recordar a la abuela Maclovia Cañedo (1859-1933) cuando iba y venía de su casa, en la calle de los Placeres, a la de sus primos a espaldas de Catedral, como tampoco olvidar lo escrito por José Juan Tablada cuando una vez viajó a Guadalajara en 1894 para ver a sus amigos: el poeta Rafael de Alba, Luis González y Sixto Osuna y recorrer con ellos los rincones habidos y por haber de la Guadalajara de fines del XIX y, por las noches, irse de picos pardos.

Su estancia estuvo llena de incidentes, fiestas y buen humor y, en esa ocasión, conoció a Cova y escribió sobre ella. Cómo habrá sido para que la describiera en La Feria de la Vida de esta manera: “en la mansión de la familia Cañedo que le decían de los huesitos, por estar su patio empedrado con vértebras de las reses del Cabezón, conocí a lo más granado de la sociedad tapatía y luego, en una tamalada en la huerta de Aranzazú, confirmé admirado la fama de la belleza de Maclovia Cañedo… Tenía la tez morena, el cabello negrísimo y los ojos de antílope de las bellezas que en las miniaturas persas que ilustran Las mil y una noches miran sobre esas praderas minuciosamente floridas como las que hay en los huertos del sultán Sharriar. A la belleza plástica, se unía el encanto peculiar de las mujeres de esta tierra.”

En esa ocasión, Tablada llegó al hotel Francés a espaldas del palacio de Gobierno y no acababa de desempacar cuando le avisaron que tenía visitas que se fueron acomodando en los equipales que había en el patio. Un joven le pidió permiso para recitar Ónix, el poema reciente de Tabalada y, el poeta, aceptó encantado de la vida ‘enrollando las puntas de su bigote o jalándose las abundantes cejas mientras encontraba los ojos de alguna tapatía cuya honda mirada, al finalizar el poema, pudiese detenerla largamente.’ 

Sin duda, cuando se viaja a Guadalajara se vienen encima los recuerdos, las emociones y momentos de toda una vida.