miércoles, 1 de mayo de 2013

El canto de las sirenas


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 2 de mayo, 2013.
Ulises amarrado al mástil para resistir el canto de las sirenas.
‘Me siento todo un Ulises, he regresado a casa’, como podría decir parafraseando a Monterroso, con aquello de ‘Me siento todo un Balzac, he podido terminar esta línea’. Sin duda, los trabajos y las dificultades que enfrentó Ulises para regresar a Ítaca en donde lo esperaba Penélope tejiendo de día y destejiendo de noche con tal de posponer un segundo matrimonio con alguno de los pretendientes que deseaban más que otra cosa, poseer los bienes de esta mujer, le tomó casi veinte años después de haber salido de casa: primero, sitiando diez años la ciudad de Troya para vengar el rapto de la espartana Helena por el joven Paris y, otros diez para regresar, digamos, victorioso.

No podemos dejar de asociar estas aventuras del ciego Homero, el principal autor de ese poema épico, con nuestra vida, siempre y cuando hagamos un traslado de símbolos y lugares con los propios para así, poder imaginar el esfuerzo que hay que hacer una vez que hemos nacido o salido de casa, hasta regresar al hogar años después y de ser posible, contar lo que nos ha pasado, tal como lo hizo Ulises de paso, cuando tenía que convencer a quien lo ayudaría a continuar su viaje.

Hace años tuvimos la fortuna de estar en Grecia y navegar por el Egeo de Atenas a la isla de Mikonos. Fue a principios de octubre y un poco antes de que se suspendiera la navegación por lo peligrosa que puede ser. Mientras navegábamos imaginé a los trirremes impulsados por los griegos, sobrepasando las olas que Poseidón formaba, como lo hace un niño en la tina, para darme cuenta lo que han de haber sufrido esos marineros después de haber tenido en Eolo el viento embotellado en una botija de cuero y, cuando estaba a la vista de Ítaca, uno de ellos quiere saber qué guarda y abre para que con ese viento sean expulsados de regreso donde estaban. ‘Del plato a la boca, se cae la sopa’, pues así de cerca estuvo de ver a Penélope y a Telémaco, su hijo ya crecido.

Pero hay otro Ulises que pasea por Dublín a principios del siglo XX, descrito por James Joyce, ese genio despiadado, vulgar, irrespetuoso, cínico, burlón, erudito y bien documentado de la historia de Irlanda y de los pequeños grandes héroes de Dublín, así como de los religiosos que lo (mal) educaron. Conocedor de las citas bíblicas y de los ritos de la Iglesia incluye una visita al Hades, como el que hace este Ulises llamado Leopoldo Bloom, durante el entierro de su amigo Peter Dignam, recordando, de pasada, a su hijo muerto en la infancia. Todos los lugares y circunstancias que va recordando desde que salió de su casa hasta regresar por la noche de ese día son como los nuestros cuando salimos de casa y van sucediendo aventuras con el azar, el destino o la Fortuna que se hace presente, no en las islas del Egeo, sino en las banquetas, los bares, las oficinas de prensa, las iglesias, los paisajes abruptos que él va recorriendo en Dublín o nosotros en nuestra ciudad, página tras página, a la profundidad que cada quien pueda o decida hacerlo.

Ulises sirve de modelo para vernos trabajando y seguir adelante en nuestro viaje como un ‘hombre de las mil batallas’, unas veces derrotado y otras, orgullosos de haber logrado la victoria. Volver al Ulises de Homero o de Joyce, es volver a uno mismo y verse deambular por estas tierras de un lado para el otro, de una aventura a la siguiente, embrujados por Circe, doblegados por los Cíclopes o amarrados al mástil para resistir el canto de las sirenas.