miércoles, 29 de mayo de 2013

La inteligencia de las flores

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 30 de mayo, 2013.
La Bellis perennis, más conocida en México como Margarita.
Hay descubrimientos asombrosos que hay que compartirlos como éste que he hecho la semana pasada cuando me encontré por azar, como suceden los grandes hallazgos, el libro La inteligencia de las flores de Maurice Maeterlinck, —Premio Nobel de Literatura en 1911, autor de Pelleas y Melisande a la que Debussy le puso música—, en donde nos cuenta, en una buena prosa poética y con ciertos rasgos filosóficos, cómo es que las flores parece que tienen una extraña y admirable inteligencia.

Nunca me había puesto a pensar cómo es que podían sobrevivir —simplemente he gozado de su belleza, sobre todo, de las rosas blancas que parece que se pliegan como unas bailarinas—, mucho menos, las diferentes maneras que tienen para conservar a su especie y multiplicarse, modificando en forma y fondo, lo que sea necesario para cumplir mejor sus funciones a pesar de estar inmóviles, atadas al suelo por una raíz que las alimenta.

‘Los rudos vientos de mayo desgarran los tiernos capullos…’, dice Shakespeare y esa sacudida es como un sueño o una ruda caricia cuando ellas se imaginan tener la movilidad como la que tienen los pájaros, las mariposas o las abejas que a veces las visitan, y que son las portadores del polen para su procreación, cuando no es autofecundación, sino que han decidido que sea mejor cruzada:

“Trazar el cuadro de los grandes sistemas de fecundación floral sería superfluo: el juego de estambres y del pistilo, la seducción de los perfumes, la atracción de los colores armoniosos y brillantes, la elaboración del néctar —anzuelo mayor para la procreación—, totalmente inútil para la flor y que ésta lo fabrica para atraer y retener al libertador extraño, al mensajero de amor, abejorro, abeja, mosca, mariposa o falena (esos insectos lepidópteros de cuerpo delgado y alas anchas y débiles que tienen el aspecto de una ramita del árbol), que le trae el beso del amante lejano, invisible y también inmóvil”, como lo describe Maeterlinck.

En esta prosa poética —traducida al español por Diana Blumenfeld, apellido que muy bien viene al caso—, nos cuenta los trucos que han armado en el tiempo —entre milenios—, para reproducirse de una mejor manera, como los hacen las variedades de alfalfa silvestre que tienen sus semillas en forma de espiral y muy ligeras para que su caída sea lenta y que sea el viento el que las aleje lo más que pueda, para extender su viaje por los aires.

Es la fuerza de la naturaleza, como la hemos visto, la que les permite crecer en medio de las piedras volcánicas como las hay al sur de la ciudad de México, por las erupciones del volcán Xitle hace siglos, en donde encontramos unas flores pequeñas, bellas y refulgentes contra de todo lo imaginado o como dice Maeterlick, ‘son como las huellas de una inteligencia perspicaz’, como ese enorme laurel centenario que vio crecer en Provenza, después que ‘un pájaro o el viento, dueños de sus destinos, habían llevado la semilla al borde de una roca que caía perpendicularmente como una cortina de hierro; y el árbol había nacido ahí, a doscientos metros sobre el torrente, inaccesible y solitario entre las piedras ardiente y estériles.’

Por eso creo que La inteligencia de las flores nos abren un universo en donde reconocemos la habilidad que tienen las flores como si tuvieran inteligencia, a pesar de que nos creíamos los únicos del reino animal: ahora descubrimos que las flores tienen una brutal y magnífica inteligencia que las mantienen más que viva