Los aguaceros de mayo

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 1 de junio, 2013.
Los aguaceros de mayo tuvieron la culpa que me fueras infiel, dice la canción.
Los aguaceros de mayo no fallan como el que cayó la semana pasada, anunciando cómo es que vendrán las lluvias a partir de junio, cuando ya es el tiempo de aguas para el bien todos y del Lago de Chapala. Nosotros, como seres vivos de la naturaleza esbozamos una sonrisa cuando vemos cómo reverdece el campo.

Llovía en mi infancia a cántaros y el agua rebotaba por la calle empedrada de López Cotilla casi esquina con Tolsa, en el mero ‘gueto de Tepa’. Entonces, emocionados por la frescura, salía con mis primos en calzones —los Casillas Gutiérrez—, para mojarnos y jugar con la corriente abultada y revoltosa sin importarnos nada de nada.

Otros días, mi padre volteaba a ver hacia el oriente y, si estaba nublado, decía que ‘no tardaba en llover’, seguro que sabía que los vientos en estas fechas vienen desde el Oriente hacia el Poniente y, de esa manera, los nubarrones cubrían a la ciudad con su manto antes de dejar caer, entre rayos y centellas, esos chubascos de agua que se ponen a revolotear por las calles hasta encontrar salida.
Pero también sabíamos que ‘después de la tormenta, la paz.’

En Chapala los aguaceros son parecidos pero diferentes: se anuncian con percusiones como lo hacen en los conciertos con una gran lámina que ondean para que retumbe en forma continua, para empezar a contar cada segundo diciendo ‘diezmiluno, diezmildos, etc.’ para saber a qué distancia caía el rayo desde que vimos el relámpago hasta escuchar la trepidación en varios tonos de tres o cuatro compases hasta que tocan los timbales celestes.

Imposible olvidar la escena que contaba mi madre y que luego apliqué con mis hijos: decía que cuando se despertaba llorando por los tronidos y los relámpagos en su cuartito de ‘Mi Pullman’, como se llamaba el ‘town house’ que hizo el abuelo a espaldas del Hotel Nido, entonces, su padre se levantaba y la cargaba para abrir la ventanita de su cuarto y que los dos vieran el cielo encapotado diciéndole con toda la calma del mundo: ‘no te preocupes, Minita, son cosas de la Naturaleza…, no pasa nada’. Y ese consuelo le sirvió el resto de su vida y de la nuestra.

Un verano que estuve en Chapala, se caía el cielo en una de esas tormentas y, como el abuelo, me levanté me asomé a la ventana y disfruté del espectáculo acústico y celeste, como si estuviera en un concierto al aire libre ‘para lámina y percusiones’ como el que se había organizado esa noche de verano, feliz de saber que toda esa agua caería sobre al lago.

Imposible predecir los aguaceros de mayo ese que cayó el 15 de mayo de 1888 cuando en Guadalajara se inauguró la llegada del ferrocarril desde la ciudad de México y la gente lo esperaba en estación del Parque Agua Azul, arremolinada para verlo llegar bufando, cuando, de pronto, empezó a caer uno de esos aguaceros que hicieron correr a la gente mientras pensaban ese día… ‘San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol’.

Nada más refrescante como los aguaceros de mayo en Guadalajara. Me da la impresión que son como ese llanto contenido durante los meses de secas que de pronto sale a borbotones y nosotros deseando ver llover sin mojarnos dejando a su paso un frescor muy agradable y el divino olor a tierra mojada.