jueves, 9 de mayo de 2013

Paulina Lavista y las huellas del tiempo


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 9 de mayo, 2013.

Paulina Lavista inaugura hoy su exposición fotográfica en la Casa del Risco (Centro Cultural Isidro Fabela) que está en San Ángel. Ésta es una buena oportunidad para reconocer el buen ojo que tiene para captar lo que está detrás de los gestos y las fachadas, tanto de los hombres como de las mujeres, en eso que forma parte del lenguaje corporal y que, entre otras cosas, nos puede dar la oportunidad de hacer diferentes interpretaciones, de las personas como las que podemos hacer y que tanto le teme esa gente que se niega a que los fotografíen, porque ‘les roban el alma’ cuando, en realidad, no hacen más que descubrir lo que está escondido y que, de pronto, las podemos reconocer como una faceta más de lo que somos aunque no necesariamente mostrar pues, a veces, el resultado es un golpe mortal a la egoteca.

Acompañé a Paulina cuando publicaba la revista La Plaza y El Inversionista a finales de los años ochentas cuando me gustaba acompañarla a las sesiones porque algunas de esos retratos eran para la portada; entonces, tuve la oportunidad de verla en acción y desplegar su buen humor con el que lograba que las personas dejaran de estar tensas mientras que se acomodaban donde y de la manera que ella consideraba era una buena pose. Otras veces le serví de iluminador y, para eso, me daba, sin mayores complicaciones, unos cartoncitos forrados de papel de aluminio —como el que se usa en la cocina— y, así de sencillo, me indicaba a qué altura y en qué ángulo lograba lo que quería antes de empezar a disparar o a moverse de lugar para tener diferentes ángulos y, sin detenerse, daba instrucciones al modelo y a su asistente, para que se llevara a cabo la sesión en un especie de vorágine.

Tal vez esa era su magia: el buen humor y la sonrisa que la acompaña, además de las técnicas y esa iluminación elemental, pero que funcionaba a las mil maravillas. La clave es el ojo que ella tiene para captar el momento o la perspectiva, ya fuese de lado o de frente con el modelo viendo directo a la cámara o si era de abajo para arriba, para que se viesen como un gigante y, en todo caso, como si no pasara nada. Con el tiempo podemos reconocer algunos aspectos de esas personas que nos dicen siempre algo más de esa persona.

El retrato lo dice todo y marca a la persona en el tiempo. No hay nada mejor que ver un retrato para saber en qué época lo tomaron como si la moda fuese un reloj que marca las horas y deja su huella. ‘¡Ah! —dice uno—, ¡qué jóvenes estábamos!’ y se ve uno con el bigote negro, como el que se usaba entonces y no como es ahora, con unos días de barba como salga y sin rasurarse. Cuando las volvemos a ver, se nos vienen encima los recuerdos, incluyendo el buen humor de Paulina cuando hace su trabajo, ya sea con los famosos, como lo hizo con Jorge Luis Borges en las pirámides de Teotihuacán o con los mortales que andamos por este mundo disfrazados de otra cosa, hasta que Paulina descubre otra de sus facetas, a través de su lente, como fue inolvidable la sesión con Juan José de Olloqui, Embajador de México en el Reino Unido en 1980.

Ahora vuelve a exponer su obra y sus retratos relevanres: el gesto, la manera de colocar las manos que tanto hablan de la persona y saber que si ven al infinito, como si se quisieran comer el mundo a puños o lo hacen jugando o en serio: de frente tomó a Mario Lavista y a Salvador Elizondo; cabizbajo a Octavio Paz, el poeta meditabundo y a Borges, con una negra sombra extendida en la ciudad de los dioses donde sabemos qué tarde era o, tal vez, descubrimos su huella en el tiempo. 

NOTA: en la fotografía, Paulina Lavista y su marido el escritor Salvador Elizondo en su casa de Coyoacán para servir de portada en La Plaza, Año I, No. 7 de marzo de 1986.