Vivir rodeado por las musas

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 22 de junio, 2013.
Las musas: Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania.
Es bueno hablar de vez en cuando de la vejez, tal vez para irla integrando a nuestra vida, aceptando que es parte de un ciclo natural. La vida y la obra de Eurípides (480-406 a.C.) nos puede permite entender esto desde la perspectiva de un poeta y soldado en acción que defendió toda su vida a Atenas, primero en contra de los persas, y luego de los espartanos que rechazaban la democracia, la filosofía, las artes, la poesía y la libertad que había en esa ciudad.

Eurípides fue un hombre de acción y estuvo al pie de guerra hasta los sesenta años cuando deja de pertenecer al servicio militar y oficialmente se retira como Gerontes, el hombre viejo. Participó en muchas batallas y siempre estuvo rodeado de sus musas con las que defendía todo lo que se proponían los atenienses primero en su afán de crear una liga y defender la democracia, luego para defender los tesoros que trajeron de Delos a Atenas, aunque pronto, la invitación para pertenecer a la liga fue impuesta forzosamente con dolo y tiranía en lo que fue el inicio del final.

Cuando Anfitrión, el padre de Heracles, dice en esa obra que ‘lo más astuto en la batalla es hacer daño al enemigo y proteger el propio cuerpo sin depender del azar’, Eurípides lo había escrito con conocimiento de causa que siempre quiso ‘estar adornado por las guirlandas de sus Musas’, para escribir con claridad esas tragedias de las que sobreviven diecinueve.

Él supo de la vejez y en alguna parte habla de esto y nos dice que ‘si tuviera el vigor de un mozo y blandiera mi lanza en la batalla, me pondría delante de los niños para defenderlos. Pero ahora estoy lejos de mi feliz juventud.’

Gilbert Murray escribió en 1946 el ensayo Euripides and his Age, una joya en donde resalta lo más relevante de este hombre y algunas reflexiones que tienen que ver con la vejez. Por eso, aprovecha a un Coro de viejos sabios de Tebas para reflexionar sobre lo siguiente:

‘La juventud siempre nos ha sido grata. La vejez, en cambio, es una carga más pesada que las rocas del Etna que pende sobre nuestra cabeza y oculta nuestros párpados con un oscuro velo. ¿Qué es la juventud comparada con la tiranía asiática o con la riqueza? Ella es hermosa ya sea en la abundancia o en la miseria. Por el contrario, odio la oscura y mortal vejez. ¡Que las olas la arrastren y que jamás se acerque a las casas y ciudades de los hombres! ¡Que vuele por el éter con sus alas por toda la eternidad!’ (Heracles, 637-656)

Todos suspiramos por esa segunda oportunidad y el deseo de volver a ser jóvenes está presente. En su caso, Eurípides se había retirado a los sesenta años pero tenía ganas de seguir viviendo para escribir sus tragedias: ‘nunca dejaré de vivir entre las Gracias y las Musas —las Gracias o espíritus del deseo satisfecho y, las Musas, como esos espíritus del ‘Canto’ o la ‘Poesía’—, y por eso haré que los espíritus de las Gracias se fundan con el espíritu de la Música en un especie de matrimonio bendito. Pero si un día las Musas me abandonan, no me importaría seguir viviendo, pues siempre me han adornado con sus guirnaldas, aún cuando el (maldito) juglar, el gusano-de-la-edad, convierta la Memoria en un Canto.’