viernes, 14 de junio de 2013

El baúl de los retratos

EL INFORMADOR, en la Tertulia del sábado 15 de junio, 2013.
El jinete con el gorro tártaro y el carcaj y el arco sujetos a la grupa...
Antonio Muñoz Molina (1956-) recibió el Premio Príncipe de Asturias de Literatura por su calidad narrativa tanto en sus novelas con en sus ensayos periodísticos tal como lo hemos podido comprobar con El jinete polaco (Premio Planeta en 1991) en donde nos podemos quedar con la boca abierta mientras descubrimos su narrativa y el ritmo de esas oraciones largas sin puntuación alguna que nos deja sin aire hasta que llega la coma esperada o el punto y seguido y entonces nos damos cuenta que es ese ritmo el que nos permite imaginar lo que está narrando de cierta manera. Lo vemos descansando, como el guerrero apacible, al lado de su amante que dormita desnuda después de la batalla, y es él quien está viendo una reproducción de El jinete polaco de Rembrandt que está ‘enfrente de la cama’ y viéndolo se le antoja despertarla ‘como si cayera otra vez la noche y se avivara el fuego que alguien había encendido junto a un río en donde unos tártaros sublevados contra el zar calentaban hasta el rojo vivo el filo de sable que en apariencia cegaría a Miguel Strogoff.’

Un botón de muestra. Respiramos para revisar la escena completa: la amante está acostada desnuda y él está cerrando las cortinas para que la luz no la despierte, mientras ve al jinete que cabalga por Siberia como correo del zar, para dar noticia de la invasión de los turcos que habían puesto sus sables al fuego hasta que estuvieran al rojo vivo para poder cegar a Miguel Strogoff, personaje de otra novela de Julio Verne que le viene a la cabeza.

Hay otras asociaciones y conexiones que podemos hacer mientras vamos leyendo estas historias de Albasanchez de Mágina, cerca de Jaén que, al leerlas, las podemos también asociar con los propios recuerdos para seguir las historias en paralelo entre los rostros, sustos y juegos como los que juegan en Mágina al atardecer y nosotros irnos a Tepa recordando las vacaciones en los Altos de Jalisco, donde nació y creció mi padre y que, con esta lectura estos recuerdos se funden con los del narrador cuando se asoma al baúl de los retratos para ‘no caer en la tentación de volver a despertarla... mejor se pone los pantalones y vuelve al lugar donde estaba el baúl de Ramiro Retratista con las fotografías que había tomado en Mágina a lo largo de cuarenta años, desordenadas en el suelo, sobre los cojines del sofá, apoyadas sobre los lomos de los libros…’

Y nosotros nos asomamos a nuestro baúl con otras fotografías que nos hacen recordar a los muertos —casi todos— y se nos viene encima el olor de la tienda de enceres que había en la planta baja de la casa de mi padre, a un costado de la Parroquia de San Francisco, con un gran mostrador donde me sentaba para ver cómo cortaban las telas que medían con un metro de madera injerto en la mesa, antes de subir las escaleras de piedra a oscuras, brincando el tercer escalón gastado y causal de tropiezo, no sin asomarme, con morbo, a las rejas del patio donde me decían encerraban a mis medios tíos por sus desórdenes y borracheras, hasta llegar a la estancia con las tías Anita y Raquel vestidas de negro, viudas de madre por el resto de su vida, mientras trasponemos los recuerdos de Mágina con los de Tepa.