jueves, 20 de junio de 2013

El mayor monstruo del mundo

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 20 de junio, 2013.
Octaviano, Tolomeo y soldados en el palacio de Herodes en Jerusalén.
La divina Marïene (ma-ri-i-ene) 
el Sol de Jerusalén, 
por divertir sus tristezas,
vio el campo al amanecer... 

Y con estos versos empieza la obra con la que José Caballero se voló la barda para poner en escena El mayor monstruo del mundo de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), en esta versión que podemos ver en el Teatro Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario durante todo el mes de junio.

Es una obra del siglo de Oro español convertida en un musical bien trabajado, sin parafernalia, suave y, digamos, natural, alimentado, como debe ser, con esa otra música que escuchamos con esos ricos versos de ocho sílabas que fluyen como el agua del río y que nos lleva sobre una barca que va rebotando de una orilla a la otra, cayendo de pronto por la cascada o dando de vueltas por esos remolinos que, por momentos, nos hacen perder el sentido, sólo para recuperarlo de nuevo y darnos cuenta que todo en esta obra es un pretexto para llegar al fondo de los celos que sabemos nacen al mismo tiempo que el amor y que se acompañan todo el tiempo hasta que clava su daga mortal en este caso a Marïene (Violeta Sarmiento) quien la recibe por ser la mujer más bella del mundo, la esposa de Herodes, el Tetrarca de Jerusalén (Jorge Ávalos), visitados por César Octaviano (Antonio Rojas) triunfante desde Egipto y con la espada desenvainada.

Cuando Marïene trata de explicarle a este poderoso hombre lo que pasa y se da cuenta que no lo escucha, sin ambages, le reclama:

¿Para qué tú gobiernas si no escuchas?

Una idea vigente pero que, en esta obra no la había escuchado Octaviano porque trata de apaciguar su corazón que palpita desde que la vio en un retrato que, según Tolomeo, era el retrato de una mujer fallecida.

Herodes enamorado, le había preguntado a esta mujer:

¿Qué deseas? ¿Qué quieres?
¿Qué envidias? ¿Qué te falta? ¿No eres tú,
querida esposa mía,
reina de Jerusalén? Una monarca
en cuanto ciñe el sol y el mar abarca.

Y así es como la obra empieza a fluir entre esta corriente divina, girando y dando vuelta mientras recorremos los tres mil seiscientos versos que declaman todos —sabiendo lo que dicen— y, de pronto, como en los buenos musicales, los versos se cantan al ritmo de blues acompañados por los músicos-actores como Tolomeo (Alberto Santiago) a la guitarra y Filipo (Alberto Rosas) al piano o el propio José Caballero a la guitarra que la toca además de dirigir la escena y estar pendiente que todo fluya con gracia y humor como Polidoro (Patricia Sánchez), de pronto disfrazado de Aristóbolo, el hermano de Marïene.

José Caballero logró amalgamar sus dos pasiones: el teatro clásico y el blues, para fundirlos y al hacerlo, arriesgarse y lograr el éxito, digo, con estos versos del siglo de Oro y un Soneto de Lope de Vega ‘con el sincero deseo de que los luminosos restos de ambos autores no se entremezclen ante la cercanía’ —como lo aclara el mismo José Caballero.

Marïene está preocupada por las premoniciones y le cuenta a su marido que…

Un astrologo, o mago, o nigromante…
halló, en fin, que sería
infausto triunfo yo (¡qué tiranía!)
de un monstruo el más cruel, horrible y fuerte
del mundo; y en ti hallo que daría muerte
(¿qué daño no se teme prevenido?)
ese puñal que ahora traes ceñido
a lo que más en este mundo amares.

Esta versión musical es original, entretenida y resulta deliciosa tanto por un magnífico reparto, como por los versos que tienen fondo y jiribilla —cosa rara en los musicales—, para que podamos entrar al interior de los personajes, seguir la trama y dejarnos llevar por la corriente de esas octavas que fluyen entre cantos lastimeros con una poética intención cuando son cantadas al compás —y con sus micrófonos—, unos versos amalgamados al ritmo sin que pierda, en algún momento, ese sentido que nos lleva hasta el final de la obra.

Vimos a Jorge Ávalos en el papel principal desplegando sus talentos y sus dones además de una memoria extraordinaria. Vimos también a Violeta Sarmiento, como Marïene, paseando por su palacio de Jerusalén, amenazada de muerte por el mayor monstruo del mundo y un Octaviano no podía estar mejor, carismático y conquistador decide cuál sería la inscripción en el sepulcro de su amada virtual:

«La inocente Marïene
dio fin, cumpliendo su influjo
injustos celos, que son
el mayor monstruo del mundo.»

Unos momentos antes, reconociendo el Tetrarca que el destino del nigromante se cumplía, se despide de esta manera:

El destino suyo,
ya que, muriendo a mis celos
y a mi puñal, ejecuto
que mató a lo que más quise
el mayor monstruo del mundo.
Y porque de su venganza
no logre al lauro ninguno,
yo la vengaré de mí
arrojado de este muro al mar.


Al principio, ignorantes, pensábamos que el mayor monstruo podía ser Octaviano o Herodes o la misma Marïene, pero nada, resulta que son los celos tal como lo escribió Calderón de la Barca y no como los hubo impresos que tomaban dictado de los ‘memoriones’ para imprimirla ‘y echarla a perder’, como nos explica Polidoro antes de despedirnos.