viernes, 12 de julio de 2013

Había una vez... y la luz al final del túnel

El Informador, Tertulia del sábado 13 de julio, 2013.
Caperucita roja y el lobo feroz en el granado de Doré (1832-1883).
En vacaciones sabemos que el tiempo cambia de ritmo y dejamos que las horas se escurran entre los bostezos de la mañana húmeda, las caminatas del mediodía y la comida pausada antes de irnos a dormir esa siesta que nos pone a mano con la vida. Las vacaciones que pasamos con la familia es una oportunidad más para que ojalá le lean a sus hijos —o nietos—, algunos cuentos de hadas (en su versión original) y si logro convencerlos, se darán cuenta de lo importante que es para ellos tal como lo explica Bruno Bettelheim en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas (Paidós, 2010) que me convenció después de conocer que “los cuentos de hadas le transmiten al niño una comprensión intuitiva e inconsciente de su naturaleza y de lo que puede ser su futuro si llega a desarrollar sus potenciales positivos.”

Todos los cuentos de hadas originales —no las versiones de Disney—, tratan sobre los problemas que viven los niños en su interior y por eso, es increíble que cuando los escuchan, pueden elaborar soluciones a sus problemas sin que estén cargadas de culpa: la madrastra o la bruja es la mala, no su madre; el padre es el terrible dragón; el niño es siempre el tonto, el débil de la familia que, a la vez, se atreve a ir hasta el fondo de las cosas aceptando los consejos de un horrible sapo —como el que habita en el inconsciente. Así es como el niño va elaborando y entiende que puede triunfar en la vida, derrotar al dragón y llevarse a la princesa.

La madre de Caperucita le advirtió que no anduviera por ahí ‘curioseando’ y, lo primero que hizo, fue decirle al lobo a dónde iba, dónde vivía su abuelita y todo lo que llevaba en el canasto. Se le puso de pechito y el lobo se lamía la trompa pensando: ‘¡qué criatura tan tierna! Qué buen bocado, mucho más sabroso que la viejita…’ Ahí está señalado un conflicto como el que hay entre el deseo y el miedo al abuso, tal como lo entendió Doré en un grabado impresionante.

Por eso digo que si no se los han leído antes, por favor intente hacerlo estas vacaciones y léanles algunos cuentos de los hermanos Grimm —crudos y despiadados, como es la imaginación de los niños—, y si les piden que se los vuelvan a leer háganle caso pues, seguramente, lo está digiriendo hasta que le encuentra el sentido, al mismo tiempo estimula su imaginación y clarifica sus emociones de acuerdo a sus ansiedades y aspiraciones, reconociendo las dificultades que tienen e imaginando las soluciones a eso que tanto les inquieta.

Ellos los interiorizan y se dan cuenta que, en esta vida, a pesar de cómo se sientan y de sus horribles fantasías, hay esperanza para salir triunfantes de esas crisis por las que están pasando.
Con los cuentos de hadas los niños aprenden más de sus problemas y soluciones que con cualquier otra cosa. Cuando el niño lo escucha, sin que lo interpretemos, lo digiere hasta lograr mágicamente comprender cómo a pesar de ser parte de un mundo complejo, hay una luz al final del túnel y así estructurar sus sueños y canalizar mejor su vida.

Que a esa edad interioricen las complejidades y que sepan que hay soluciones los pueden fortalecer para vivir con ganas.