viernes, 19 de julio de 2013

La postración turística: Ibargüengoitia

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 20 de julio, 2013.
Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) en su estudio en Coyoacán.
Los aeropuertos parecen un hormiguero y la gente va y viene entre las maletas y los chiquillos que corren por los pasillos con ganas de estar ya en la alberca o en la playa, a la orilla del mar, ahora que están de vacaciones. A otros más, los vemos con un gesto que los acusa estar en un viaje de negocios.
 
Pero el ambiente es festivo y da gusto ver vuelos llenos, ahora que la economía lo permite y nos imaginarnos que todo va bien sin considerar que lo que realmente estamos haciendo es evadir la rutina y que luego cada quien hable de la feria según le fue, aunque ya sabemos que lo mejor es cuando planeamos las vacaciones porque, sin duda, ‘la imaginación mata a la realidad’.

Hace años Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) viajaba y escribía sus crónicas ya sea en el Excélsior o en Vuelta y eran tan buenas que esperábamos con ansias hacerlo cada semana o cada mes. En 1991, tiempo después de su muerte accidental en 83, Joaquín Mortiz publicó una selección hecha por Guillermo Scheridan titulado como La casa de usted y otros viajes en donde encontramos, entre mil circunstancias y avatares, dos citas que sirven como botones: la primera, cuando él y Joy Laville, su esposa, regresaron a París y cuenta lo siguiente: “dos momentos destacan de esta visita breve: quisimos ver el Sena cerca de la Concorde y estuvimos a punto de ser atropellados, entramos en un restaurante y pedimos sopa de cebolla, en la mesa de junto había una pareja que estaba comiendo helado, él tenía saco de tweed, ella un vestido amarillo, los dos tenían cuarenta años: se dieron un beso que duró el tiempo que nos tardamos en comer la sopa de cebolla, que estaba bastante caliente.”

El otro tiene que ver con alguna de esas referencias con tan buen humor en donde no sabemos dónde le pone la jiribilla, como esa crónica que hace alrededor de las llaves de agua caliente y fría (Con la “C” de cold), en donde habla de la ‘postración turística’ o del colapso nervioso cuando uno no entiende nada: en inglés ‘frío’ se dice ‘Cold’ y caliente ‘Hot’ entonces, en Estados Unidos las llaves tiene un ‘C’ o una ‘H’, pero, en español, la ‘C’ es de ‘Caliente’ y la ‘F’ es de ‘Fría’ y el turista debería saber esto aunque, al final, como el plomero que las puso era analfabeto, dice Ibargüengoitia que las puso donde le daba la gana y ahí es cuando el turista llega a ese colapso nervioso. Un día los suecos deciden vender sus llaves en todo el mundo y se les ocurre poner ‘en la parte superior un punto azul y otro rojo. Azul por fría y rojo por la caliente… ‘¡Qué ingenioso!, pensé, de esta manera se puede exportar llaves de Suecia a Tailandia, sin que los suecos tengan que preocuparse de cómo se dice frío en tailandés, ni los tailandeses tengan que averiguar cómo se dice caliente en sueco.’

Cada vez que leo estas crónicas tengo la sensación que eso de escribir es fácil todo es cuestión de hacerlo como lo hace Jorge Ibargüengoitia: observar lo que sucede y lo que hay alrededor, describirlo tal cual, darle un giro al final y listo. Así pasa con sus novelas y sus deliciosas obras de teatro donde maneja con desfachatez la ironía que sólo los genios saben expresar.