La angustia existencial

INFOSEL; Crónica cultural del jueves 29 de agosto, 2013.
Franz Schubert en una acuarela de Wilhem Rider (1825).
Decía Claudio Arrau que “la Sonata en si bemol de Schubert es una obra escrita ante la proximidad de la muerte, misma que se presiente desde el primer tema con esos siete compases dominantes, la interrupción y luego el silencio antes de un largo y misterioso trino en el registro grave, para volver a escucharlo, después de otro silencio, en una repetición forte”. Tal como lo podemos escuchar en la versión de Alfred Brendel, uno de los interpretes de Franz Schubert (1797-1828), un compositor que apreciamos por varias razones, entre otras, porque duele su juventud truncada, por el romanticismo que expresa en esa música que es directa y sin recovecos, tal como lo pudimos confirmar hace dos semanas con Shai Wosner (1976-), el elegante pianista israelita que debe conocer en detalle la vida y la obra del compositor, con todo y esos sentimientos duales que va expresando como lo explica el maestro Arrau. Tal vez por eso Wosner logró darle un tono especial a esa especie de buen ánimo con el que empieza antes del silencio y antes de escuchar el acorde grave que hace con la mano izquierda como la maldita señal de la negritud en medio de una mañana soleada.

Compuso esa Sonata cuando sentía que su vida peligraba. Tenía veinticinco años de edad desde que se enfermó crónicamente hasta el final de sus días seis años después. Todo empezó cuando fue llevado a uno de los burdeles de Viena que no le interesaba para nada y ahí se contagió de esa sífilis que lo llevó a la tumba. La espada de Damocles se hizo presente y él se puso a componer sus sonatas para transmitirnos la dualidad que sentía entre Eros y Tanatos en estas obras para piano y en sus cuartetos o quintetos o en sus lieder que logró llevar su máxima expresión.

Tuvimos la oportunidad de escuchar la Sonata en si bemol en la versión de Wosner quien no tardó en contagiarnos de ese mundo en donde se pasa del erotismo al amor y de ahí a un especie de abismo como puede ser el silencio que anda merodeando. Por eso experimentamos un frío en la espalda como el péndulo que tenemos sobre la cabeza y que, en defensa propia, lo consideramos lejano.

Schubert tenía el don de la alegría como la tienen los jóvenes, y casi nunca entró en plena melancolía, aunque ésta se trataba de colar entre las rayas del cuaderno pautado y por eso notamos esas sombras que recorren el espacio con los detalles que andan por ahí, sobre todo, cuando es interpretado como lo hizo Wosner que ya escala las cumbres del éxito con estas pequeñas-grandes obras para piano.

Schubert experimentó la satisfacción de la creación y compuso muchas obras mismas que compartía con sus amigos y, aunque tímido, las mostraba encantado de la vida en las famosas ‘schubertiadas’ cuando llevaba sus canciones o sus novedades para piano plenas de la dualidad que tanto nos impacta.

Él sabía lo gratificante que era llevar una obra e imaginaba que sus amigos leían ‘entre notas’ lo que él sentía, mostrando así sus sentimientos cuando la enfermedad es un lastre y se debate con la musa que sabe de lo efímero de la vida.


‘Se defendió de la melancolía —como dice George R. Marek— para fundirse con ella para brindarnos esa luz que nos ilumina a todos.’ Shai Wosner lo interpretó en San Miguel de Allende embebido en esa angustia existencial: la alegría de la mano derecha y la advertencia en la izquierda, tal como lo escuchamos en la obra de Schubert que todavía brilla intensamente en nuestros días.