jueves, 1 de agosto de 2013

Lo que está detrás del ruido

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 1 de agosto, 2013.
Joss Whedon (1964-), director y guionista de Mucho ruido y pocas nueces.
¿Cuántas veces hacemos mucho ruido sólo para esconder el miedo que tenemos de que la otra o el otro descubra nuestros sentimientos, sobre todo, cuando son encontrados y uno apunta hacia el amor y el otro hacia la frontera del odio? Lo hemos vuelto a experimentar con la versión cinematográfica del neoyorkino Joss Whedon (1964-) en Mucho ruido y pocas nueces o Much Ado About Nothing, una versión moderna en donde enfrentamos varias convenciones, sabiendo que aceptar una es la regla del juego, pero que aporta con el colmillo que tiene este director y guionista, hijo y nieto de padre y abuelo guionistas de la TV, quien decidió el año pasado que, en lugar de irse de vacaciones, mejor haría esta película y así se puso a trabajar con un presupuesto bajo en esta nueva versión de la comedia de Shakespeare en una producción en blanco y negro con un reparto de actores desconocidos en una casa frente a un especie de Country Club que tal parece está hecha con desenfado y que, por eso, logra algunas escenas geniales.

El problema que enfrentamos es la verbosidad de la obra porque a pesar de que los actores no tienen el acento inglés, de todas maneras el verso libre —o pentámetro yámbico— shakespeariano tiene su ritmo y, de vez en cuando encontramos esas pausas que nos dejan respirar en esto que es un juego de ingenio entre los personajes y, en particular, entre los dos viejos amantes que tratan de tapar con mucho ruido ese amor-odio apasionado en donde el director nos ofrece la clave en la primera escena cuando, en lo que sería un flashback, ella (Beatriz) se había entregado (a Benedicto) para ser abandonada y por eso, dice que perdió su corazón, pues un día él le había prestado el suyo por unos instantes y ella le pagó el doble con todo y los intereses: ‘sin embargo, ¡carambas!, en otra ocasión, me ganó en condenado con los dados cargados, por lo que bien puedo decir que lo he perdido.’

Lo que hablan en toda la película lo dicen con doble sentido, ya sea cuando hablan ellas o sólo los cuates, o cuando hablan todos juntos con ese lenguaje en donde necesitamos estar con la cabeza despejada tratando de entender lo que dicen entre líneas para saborear las bromas o la amargura que trae Beatriz con Benedicto que en el fondo se quieren pero no se atreven a aceptarlo, por lo menos durante la primera parte, hasta que por momentos dejan de hacer ruido y parece que se hablan con el alma.

Como buena comedia hay ese contraste entre la luz del amor y las sombras del mal por el mal mismo que su director lo retrata en esa escena con don Juan —el enemigo y hermano bastardo de don Pedro— una vez que lo han liberado para quedarse ocioso en su cuarto tratando, con cierta frialdad de poseer a su asistente, los dos están medio vestidos, hasta que en un especie de coitus interruptus entra Borachio, su guardaespaldas, para proponerle el complot. Los dos amantes se sientan en la cama y don Juan le mete mano a su asistente que lo disfruta, equivalente, imaginamos a aquello que decía Ricardo Gloucester, el villano por excelencia, cuando nos confiesa que ‘puedo sonreír y matar mientras sonrío…’ (Enrique VI, 3ª parte, 3.2. 182-5).


La obra la contrastamos con la última versión dirigida en 1993 por Kenneth Branagh, donde actuó como Benedicto, junto con Emma Thompson como Beatriz cuando los dos eran esposos y como no se trata de compara hay que encontrar lo mejor que ha traído a la pantalla Whedon el neoyorkino.