Los microbios del Levante

El Informador, Tertulia del sábado 3 de agosto, 2013.
El negociador palestino Erekat, John Kerry y la ministra de Justicia israelí Livni. 

Después de tres años, la buena noticia es que esta semana iniciaron una vez más las negociaciones por un acuerdo de paz los representantes de Israel y Palestina gracias a las relaciones públicas de John Kerry, el Secretario de Estado Norteamericano. Por eso, la esperanza vuelve a renacer y uno desea que Tzipi Livni, la ministra de Justicia israelí y Saeb Erekat, el negociador Palestino avancen en esa dirección y pensemos que pronto llegue el día en que los dos toleren sus diferencias, se reconozcan como lo que son, y definan sus fronteras y territorios de tal manera que cada quien sea quien es, sin vivir odiándose amenazados de muerte.

El interés que tengo por estas negociaciones es más bien dramático que político: quisiera ver el quinto acto de esta comedia de teatro en el escenario del mundo, con un final feliz (por eso comedia y no tragedia) donde cohabiten las dos razas tan parecidas y tan distantes envenenadas desde siempre, culpando uno al otro de sus miserias,  al pie de guerra, en medio de una paranoia ancestral.

El interés se debe a la lectura de Amos Oz (1939-) en Una historia de amor y oscuridad (Siruela, 2004) y Contra el fanatismo (Siruela, 2004), dos obras de este hombre nacido en Jerusalén, en esa ciudad que “fue destruida, reconstruida, destruida y vuelta a reconstruir con esos conquistadores que han llegado uno tras otro para gobernar un tiempo, dejar tras de sí muros, torres y algunas incisiones en la piedra junto a un puñado de óstraca (conchas y fragmentos de cerámica con inscripciones) para desaparecer y disiparse como la bruma de la mañana a los pies de las montañas. Jerusalén es una vieja ninfomaníaca que exprime hasta el agotamiento antes de desembarazarse con un gran bostezo de un amante tras otro, es una mantis religiosa que devora a su pareja mientras la está penetrando.”

De niño, Amos Oz jugaba con sus amigos árabes y, sin duda, ahí nació su primer amor antes que llegara la oscuridad adornada por los destellos de los cañones que retumbaban en ese Jerusalén bullanguero, lleno de olores y colores, de gritos de sus vendedores y de los chillidos de los pollos descabezados atados de patas, mientras los mizrajíes, al lado de esas montañas de colores hechas con frutas frescas que todavía huelen a tierra mojada, hasta que su abuela Shlomit, recién llegada de Vilna, Lituania, declaró: “el Levante está lleno de microbios.”

Cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias (2007), aseguraba que la literatura es un puente entre los pueblos y que tiene una dimensión moral: “creo que la capacidad de imaginar al prójimo es un modo de inmunizarse contra el fanatismo… Parte de la tragedia árabe-judía es la incapacidad de muchos de nosotros, judíos y árabes, de imaginarnos unos a otros. De imaginar realmente los amores, los miedos terribles, la ira, los instintos. Lo que impera entre nosotros es demasiada hostilidad y poca curiosidad. Los judíos y los árabes tienen algo en común: ambos han sufrido en el pasado bajo la pesada y violenta mano de Europa. Los árabes han sido víctimas del imperialismo, del colonialismo, de la explotación y la humillación. Los judíos han sido víctimas de persecuciones, discriminación, expulsión y, al final, el asesinato de un tercio del pueblo judío. Cabría suponer que dos víctimas, y sobre todo dos víctimas de un mismo perseguidor, desarrollarían cierta solidaridad entre ellas.”