Ser parte de una historia

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 17 de agosto, 2013.

Martha Reynoso de Solís coordinó en el 2011 una reunión de un grupo de psicoanalistas y estudiosos del psicoanálisis. Más adelante, coordinó también la publicación de la versión escrita de esa reunión en un libro que han publicado como la Historia del Psicoanálisis en México: pasado, presente y futuro y que, al verlo, me siento parte de esa historia que pretendo contarles para que, de esa manera pueda también satisfacer uno de los objetivos que se propusieron en esa reunión, es decir, reconocer la contribución que ha hecho el psicoanálisis. Por eso me atrevo, aunque tenga un sentido narcisista, a narrarles este engranaje para conectar esa historia desde la perspectiva del paciente como uno de tantos que se recuesta en el diván como el del consultorio del doctor Freud en Viena, donde desarrolló sus teorías que han cambiado la visión del hombre a partir del siglo XX.

“Entre las aportaciones del encuentro incluidas en este libro —escribió Martha Reynoso— se puede encontrar quienes fueron los primeros lectores del psicoanálisis en México, las primeras traducciones de Freud al español, algunos de los archivos de Freud y el psicoanálisis; los primeros artículos de psicoanálisis publicados en México, así como, las obras artísticas realizadas en las décadas de los veinte a cincuenta inspiradas en las lecturas de Freud.”

Con el libro en la mano leo el artículo de Juan Alberto Litmanovich titulado: “Un monasterio en psicoanálisis”, que me hizo recordar el camino que encontré para finalmente psicoanalizarme en grupo en una terapia que considero ha sido un parteaguas en mi vida.

En 1963 busqué en Guadalajara al doctor Corona —el único psicoanalista freudiano que había en esa ciudad en esa época. Esto era un año antes de casarme y seguro que deseaba encontrar a alguien que me alertara de esa locura. Tenía 22 años de edad. Pero resulta que no me atreví en ese momento y hasta hoy en día me arrepiento no haberlo hecho.

Cuando en 1965 regresé de Alemania a la ciudad de México me enteré del escándalo que hubo con el psicoanálisis con los monjes benedictinos como los describe Litmanovich en ese mismo artículo: “Coordenadas sobre las operaciones psicoanalíticas gestadas en el monasterio benedictino, Ahuacatitlán, Cuernavaca, Morelos, México (1960-1967)”.

Entonces decidí buscar al doctor Gustavo Quevedo en 1967 que era el que trataba a los benedictinos no por eso, sino porque sabía que sus terapias eran en grupo y por eso estaban al alcance de mi bolsillo. No me importó que la gente pensaba que era el “demonio encarnado” ni que fuera el culpable de sacar a flor de piel la homosexualidad que pululaba en el monasterio. “Como analista era impresionantemente acertado […] muy afectuoso, feliz del éxito que tenía y cuando comenzó a convertirse el monasterio en una celebridad mundial, a mi manera de ver, se disparó Gustavo…” —como cita al doctor Agustín Palacios.

Empecé a ir una vez por semana y terminar hasta que se termine. Diez años después decidí terminar mi psicoanálisis y hoy en día no concibo cómo pudo haber sido mi vida sin esa terapia.

Otro de los asistentes a esa reunión fue el doctor Raúl Páramo otro ‘diablo’ como lo consideraban en Guadalajara que ahora colabora en este libro “El psicoanálisis y sus dialectos. ” En 1982 le había publicado Sentimiento de culpa y prestigio revolucionario.

De esta manera reconozco la contribución del psicoanálisis como un paciente agradecido que sabe que esa terapia fue un parteaguas en su vida.