Divertimento a La-vista

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 26 de septiembre, 2013.

La elegancia es uno de los aspectos que podemos encontrar en la música compuesta por Mario Lavista. Una elegancia que combina la espiritualidad con las emociones, tal como nos sucede cuando escuchamos ese coro a capella con su Missa Brevis ad Consolationis Dominam Nostram (amén) compuesta en 1995 y que considero es una joya extraña. Un día platicando con él en el estudio que tenía en el edificio de la Condesa, hablábamos de la angustia que nos puede ofrecer un compositor como era el caso, inolvidable, como el leit motiv de La fuerza del destino.  Sin más, se paró, se sentó al piano y la empezó a tocar pues venía a cuento y aportaba claridad a nuestra plática. La tocaba y la tarareaba o la cantaba hasta dejar en su estudio esa melodía que daba de vueltas enfatizando lo que trataba de decirle.

«El alma de cada individuo que escucha la música es demasiado importante para mí…», decía Stravinski y, se me ocurre pensar que esa es la manera que compone su música Mario Lavista: un artista con una cultura extensa y profunda que, seguramente, se ve reflejada en cada una de sus obras como esas que ha grabado y forman parte del Cuadernos de viaje como su Madrigal (1985) o Marsias (1982) o su Lamento a la memoria de Raúl Lavista (1981) —que asocio con Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke— o estrictamente hablando de las dos piezas para viola como es precisamente su Cuaderno de Viaje (1989).

Es un digno representante de los compositores de los años 40’s, alumnos del maestro Carlos Chávez en el Conservatorio de Música donde Mario ha sido maestro toda su vida. Esta semana festejamos —digo, por decir, con esto que estoy escribiendo—  sus 70 años con un homenaje musical de obras compuestas por músicos que pueden haber sido sus alumnos. El concierto es el próximo sábado a las 18:00 horas en la Sala Carlos Chávez del Centro Cultural Universitario —entrada libre y seguro que a codazos—, donde van a interpretar el Reencuentro de Hilda Paredes, Hocket de Hebert Vázquez, Vuelo de voces de Javier Álvarez, Tres haikus de Gabriela Ortiz, Tres Tankas  de Luis Jaime Cortez, Dos canciones de Ricardo Risco, Callada calma de Ana Lara, Heurística de Jorge Ritter y Divertimento a Lavista de Armando Luna.

En 1986, Mario Lavista compuso Aura, esa ópera en un sólo acto basada la novela corta de Carlos Fuentes en donde hay un tal Felipe Montero que se encuentra a la joven Aura, la joven de los ojos verdes, viviendo en la oscuridad porque esa casa recordaba a un General muerto. Lavista, como mago, resuelve esta situación y transmite los diferentes estados de ánimo.

Lavista fue creador y director de la revista Pauta. Cuadernos de teoría y crítica musical y, por supuesto, como buen músico, habla en cada número como epígrafe tal como lo describe Rulfo en el Llano en llamas:

«– ¿Qué es? –me dijo.
– ¿Qué es qué? –le pregunté.
– Eso, el ruido ese.
      Es el silencio…»

Mario es músico y amigo de toda la vida del artista y pintor Arnaldo Coen, de Guillermo Sheridan, el crítico despiadado que leemos felices en Letras Libres; el cineasta director de Cabeza de Vaca (1991) una obra maestra en donde Lavista compuso la música que tiene momentos geniales con las percusiones que retumban el centro la Tierra de la Nueva España. Con ellos forma un cuarteto —de dominó—, en donde se trata de ahorcar la mula de seises.

En la Presentación del No. 3 de Pauta (julio a septiembre, 1982) escribió Lavista: “Este año se celebra el centenario del nacimiento de Igor Stravinski, el ‘honor de nuestro tiempo’, a decir de Saint-John Perse. Su actividad como compositor y teórico de la música definen el pensamiento musical contemporáneo a pesar (o gracias a) controversias y polémicas a las que ningún músico ha podido substraerse…”


El tiempo pasa como pasa en el cuaderno pautado, el papel de china de lo efímero: ¡Feliz setenta aniversario!